Sígueme en Twitter

Aspiremos a la totalidad

Ponencia, Jornadas Mujeres y liderazgo siglo XXI. STES-Intersindical.

Cada mujer tiene ante sí la responsabilidad de desplegar sus alas y volar llevando consigo sus raíces; su ser entero, su mente y su cuerpo que son una misma cosa.
Como decía María Zambrano: debemos aspirar a la totalidad, adentrarnos en la libertad sin aniquilar la vida de las entrañas.
No podremos ser quienes somos si no nos colocarnos al frente de la vida, de nuestra existencia, cada día, en el presente continuo que es la historia, en su devenir. Venciendo cada momento el miedo a equivocarnos, dejándonos sentir lo que somos, aprendiendo de lo que sentimos.

Primero una propuesta: desprendamos de rigores académicos, tratemos de mirarnos y mirar lo que sucede: escuchemos, veamos, desaprendamos, deshagámonos en la medida de lo posible de los prejuicios que nos dañan, que nos limitan. Vosotras, tan cerca de la vida también por vuestro compromiso profesional, mirad más allá de los textos.

Para convertirnos así en vividoras, buscadoras de sueños, dueñas del presente inacabable. Para buscar un espacio propio, una mirada, una palabra, una emoción, una acción elegidas desde la propia vida., venciendo el miedo a la oscuridad, el temor al paso del tiempo, localizando claridad entre la confusión en la que sin cesar, se convierte nuestra vida. Empezar por el principio, por érase una vez, una mujer que reparó en ella misma. No importa que estuviera aterrada, perdida en la humedad de una selva, en la soledad de un patio abandonado, en la sala metálica, brillante y fria de un paritorio, escuchando los gritos de las otras, sola entre una multitud arrodillada, si no has renunciado a vivir, estás, estamos en el camino, no rechaces lo que sientas. Trata de escucharlo. Se trata de ti misma. Atrévete.

Eráse una vez: miremos la historia, nuestra historia. La escrita y la impresa en esa memoria que es nuestro propio cuerpo que también es mente, nuestro particular modo de pensar, de sentir, sin que ningún libro haya tomado cuenta de ello. Porque está marcado en nuestra forma de ser mujeres, de ser seres humanos. Somos nuestra propia semejante.

La vida entera en el único universo que nos ha sido concedido, el de nuestro propio cuerpo desde el que tratamos de entender todas las cosas. En el se encuentra el infinito, la eternidad, lo horrible y lo precioso, lo grande y lo más diminuto. El placer, la luz y también la oscuridad. Nuestro cuerpo es el cosmos mismo.

Os recomiendo a Jeannette Winterson, (1959) nacida en Manchester, que escribe con tinta de luz. Los textos que cito son de La niña del faro. Con ella os propongo que consideremos nuestra propia vida como una historia que empieza cada momento y que se convierte en realidad al construirla. Si nos hacemos responsables de nuestra existencia seremos las líderes que necesitamos para el siglo que vivimos.

— Cuéntame un cuento, Pew.
— ¿Qué clase de cuento, pequeña?
— Uno con final feliz.
— En el mundo eso no existe.
— ¿Un final feliz?
— No, un final.

Siguiendo sus sabios consejos, yo voy a contaros una historia. Una historia cuyo final no existe.

No hay camino que empiece en el siglo XX; tampoco para las mujeres, ni su liderazgo, ni en el XIX, ni el el XVIII, cuando Olimpia de Gouges publicó la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana y también denunció la esclavitud: Escribió en 1778 que aún era niña cuando vio por primera vez a una mujer negra y comenzó a preguntar.

“Aquellos a quienes entonces interrogué no lograron satisfacer en modo alguno mi curiosidad… Trataban a esa gente de bestias, de seres sobre los que el Cielo había lanzado una maldición, pero a medida que fui creciendo me di cuenta que eran la fuerza y los prejuicios los que los habían condenado a tan horrible esclavitud, que la naturaleza no había intervenido para nada y que el injusto interés de los Blancos lo había hecho todo”.

Era hermosa Olimpia; sabia, leída, seductora, valiente, apasionada de tal modo que acabó en la guillotina. Y de ella se dijo que era inmoral, reaccionaria e incluso analfabeta, acabaron con su vida, dieron sepultura a su cuerpo pero rescatamos, sus libros y su memoria. Su memoria escrita pero también su memoria impresa con la misma tinta luminosa con la que tantas mujeres nos han hecho herederas de su sabidurías, siendo analfabetas de la letra impresa.
Insumisión, deconstruyamos, desaprendamos.

Me pongo sesuda y cito a Foucault, porque lo cierto es que nos definimos entorno al poder. En ese ser poder hemos de construir nuestro presente. Reinventar el poder cada día, haciendo presente nuestra forma de estar.

“El poder –dice Foucault—no es una institución y no es una estructura, no es cierta potencia de la que algunos estarían dotados: es el nombre que se presta a una situación estratégica en una sociedad dada”.

Lo asombroso es que de esa situación estratégica cada cual también formamos parte.

“La mujer nace libre y permanece igual que el hombre en sus derechos, escribió Olimpia, en el artículo primero de una propuesta que enmendaba a los varones revolucionarios y a la propia revolución para quien ella, a las vistas del nuevo poder, se convertía en invisible.

— Cuéntame la historia, Pew.
— ¿Qué historia pequeña?
— Una que vuelva a empezar.
— Esa es la historia de una vida.
— Pero ¿es la historia de mi vida?
— Solo si la cuentas.

Quiero nombrar a Teresa Claramunt, una lider obrera textil, aragonesa emigrante a Cataluña, que escribía en la prensa anarquista de Gijón, en Fraternidad, en 1899; ella había nacido en 1862 y murió en 1931, el mismo día que Alfonso XIII abandonaba el trono de España.
“En el orden moral la fuerza se mide por el desarrollo intelectual, no por la fuerza de los puños. Siendo así, ¿por qué se ha de continuar llamándonos sexo débil?
Las consecuencias que nos acarrea tal calificativo son terribles: Sabido es que la sociedad presente adolece de muchas imperfecciones, dado lo deficiente que es la instrucción que se recibe en España, y hablo de España porque en ella he nacido y toco las consecuencias directas de su atraso. El calificativo {{débil}} parece que inspira desprecio, lo más compasión. No: no queremos inspirar tan despreciativos sentimientos; nuestra dignidad como seres pensantes, como media humanidad que constituimos, nos exige que nos interesemos más y más por nuestra condición en la sociedad. En el taller se nos explota más que al hombre, en el hogar doméstico hemos de vivir sometidas al capricho del tiranuelo marido, el cual por el solo hecho de pertenecer al sexo fuerte se cree con el derecho de convertirse en reyezuelo de la familia (como en la época del barbarismo).”
Ni la soltería es un fracaso, ni ser madre sin marido, una desgracia, decía Teresa Claramunt.
Deseemos ser mujeres libres, deseemos afrontar el reto de vivir con los que somos, con aquello que somos capaces de crear, de sentir, de disfrutar, de compartir.
Los paraísos inmóviles no pueden prometer más que un eterno aburrimiento, afirmó Simone de Beauvoir, otra francesa que a mediados del siglo XX volvía a la carga por los derechos de las mujeres desde la filosofía, tratando de dar una explicación a la subordinación, de encontrar un camino para acabar con ella. Sus escritos trascendieron las fronteras de las universidades, y saltaron de país en país, de boca en boca. N un solo mes se vendieron más de 20.000 ejemplares de su obra.
El Segundo sexo, una de las obras más influyentes para la reflexión sobre el ser mujer en el siglo XX, se inicia con dos citas: Una de Pitágoras: Hay un principio bueno que ha creado el orden la luz y el hombre y un principio malo que ha creado el caos, las tinieblas y la mujer.
Otra de un cartesiano Paulain de la Barre, que en 1673 escribió sobre la igualad de los sexos y dice: “Todo cuanto ha sido escrito por los hombres acerca de las mujeres debe considerarse sospechoso, pues ellos son juez y parte a la vez”.
Tal vez Simone no puso ser del todo consecuente con el reto que ella misma se impuso. Pero dijo que el ser mujer era una construcción de la propia cultura. No se nace mujer, se llega a serlo. Seguimos ahora dando vueltas a su enunciado.
Nuestra sociedad se levantó sobre la segregación sexual que comienza a perder posiciones. Los viejos mitos quedan arrinconados aunque siguen presionando y tiran de nosotros, hombres y mujeres en el día a día y también en cada uno de los momentos transcendentes de nuestra vida. El feminismo llevó al parlamento republicano de boca de Clara Campoamor los derechos de las mujeres. Las anarquistas habían defendido el derecho al aborto y lo convirtieron en Ley en 1937, aprobado por l Generalitat Catalana. Lo personal es político, dijeron después las feministas. Damos vueltas, buscando la manera de vivir y de vez en cuando la tierra se detiene y pasa algo.
Porque llevamos en las entrañas la memoria no escrita que es la que al fin todos compartimos. La memoria de vivir. Y esa memoria, sin nombres propios, es esencial que la saquemos de los baúles del silencio.
Beauvoir señala que el lugar que ocupa la mujer se debe a que su papel central es la reproducción de la especie, lo que significa que no ha transcendido su naturaleza animal lo que no le permite ni crear nuevas condiciones ni crear historia.
Le debemos mucho a Simone, de conquista, también de sufrimientos. Yo, que asistí a su entierro en París, quiero discutirle. Procrear es humano, humano y femenino. Su palabra sirvió a las mujeres del siglo XX para iluminar un camino más allá de la maternidad. Pero también para arrinconar un principio elemental de la vida, que nos es imprescindible colocar en el lugar esencial que se merece.
Es el tiempo de poner al frente una nueva consigna: La vida, por delante. Por delante, el cuidado del propio cuerpo y el cuidado de los otros como un valor esencial de cualquier modo de vivir. Afirmemos nuestros valores, recreemos en el siglo XXI lo que somos.
Organicemos el mundo de forma que sea posible vivir en él: hombres y mujeres. El cuidado, la maternidad, la vejez, la cocina, aunque los arquitectos las coloquen en lugares apartados de la casa, son espacios centrales de la vida. No permitamos que nadie lo discuta, que nadie los trate como fuera del sistema. El sistema somos nosotras mismas. ¿Alguien lo duda? Decía María Zambrano que la enfermedad hace visible la salud.
No hay forma de entender la realidad si obviamos una parte o su contrario.
Advertía , que en el sistema de vida y de pensamiento de occidente se halla la pérdida del vínculo que une al ser humano con su origen, el rechazo del nacimiento que se refleja en una cultura consagrada a la muerte. Por eso, Maríá, en su búsqueda, cuando logró sobrevivir a su enfermedad, “al no haber podido morir, sintió que tenía que nacer por sí misma”.
Aceptemos su subversivo punto de vista. Miremos nuestra propia historia como el devenir de muchas experiencias, de las que hemos recibido conocimiento. Alumbrémosnos a nosotras mismas. No temamos al dolor ni a la dificultad porque hemos de toparnos con ellos irremediablemente.
Un filósofo colombiano, Estalilao Zuleta afirma en su Elogio de la Dificultad:
Puede decirse que nuestro problema no consiste solamente ni principalmente en que no seamos capaces de conquistar lo que nos proponemos, sino en aquello que nos proponemos: que nuestra desgracia no está tanto en la frustración de nuestros deseos, como en la forma misma de desear. Deseamos mal.
En lugar de desear una relación humana inquietante, compleja y perdible, que estimule nuestra capacidad de luchar y nos obligue a cambiar, deseamos un idilio sin sombras y sin peligros, un nido de amor, y por lo tanto, en última instancia un retorno al huevo. En vez de desear una sociedad en la que sea realizable y necesario trabajar arduamente para hacer efectivas nuestras posibilidades, deseamos un mundo de satisfacción, una monstruosa sala-cuna de abundancia pasivamente recibida.
La pobreza y la impotencia de la imaginación nunca se manifiesta de una manera tan clara como cuando se trata de imaginar la felicidad. Entonces comenzamos a inventar paraísos, islas afortunadas, países de cucaña. Una vida sin riesgos, sin lucha, sin búsqueda de superación y sin muerte. Y, por tanto, también sin carencias y sin deseo: un océano de mermelada sagrada, una eternidad de aburrición. Metas afortunadamente inalcanzables, paraísos afortunadamente inexistentes.

Pero yo he venido aquí a hablar del liderazgo intelectual. Curioso porque ese mismo planteamiento es el que quiero definir: intelectual son los guisos que conforman nuestro paladar y nos remiten a la infancia; intelectual es la experiencia del amor y del cuidado que recibimos y con el que identificamos el amor que sentimos por nosotras mismas y por los otros. Memoria fundamental es la ternura que sentimos por los nuestros y las contracciones del útero cada menstruación.
Mente y cuerpo, cuerpo y alma son una misma cosa, afirma ahora la neurociencia, pasmada de asistir a los descubrimientos del cerebro y su naturaleza, a los infinitos viajes de las neuronas, como afirma el neurólogo Antonio Damasio en su libro, El error de Descartes.

Sea como sea no hay modo de sustraernos a la Historia total de la humanidad y a la historia más reciente que ha marcado los días de nuestras madres, de nuestras abuelas. Sus retos, sus limitaciones tenían unas fronteras evidentes que nos cabe recordar, porque con ellas lidiaron ellas, y también nosotras, a través de su memoria, la explícita y la silenciada.

«Las mujeres nunca descubren nada. Les falta, desde luego, el talento creador reservado por Dios para inteligencias varoniles; nosotras no podemos hacer nada más que interpretar mejor o peor lo que los hombres han hecho», son palabras de Pilar primo de Rivera, la mujer que durante 43 años dirigió la Sección Femenina, creada en 1934 como organización de mujeres vinculadas a Falange. Ella y su organización encarnaron la misoginia más conservadora que impregnaba la sociedad española de principios de 1900 y que arrastraba desde siglos. Sus principios se impusieron de la mano del golpe militar que en 1936 encabezó Franco, logró imponer sus usos durante cuarenta años de dictadura, bien agarrada de la iglesia católica como arma espiritual y del fascismo como teoría política. ¿Qué mujer podía sustraerse a tanto control?
¡Cuantas historias vividas desde entonces! ¡Cuantas transformaciones realizadas! Un camino repleto de mujeres subversivas, rebeldes de alma y de cuerpo; aquellas cuyos nombres conocemos y aquellas que han permanecido sólo cerca de los suyos, que han sido nombradas por ellos. Por el camino, las sombras y las luces, el dolor y la alegría, los partos y las cocinas perfumadas de guisos sabrosos, las cárceles y la libertad, el trabajo cotidiano, la alegría y la vejez, todo bien tejido cada noche y cada amanecer.¿Qué me propongo? Hacer un ejercicio de memoria propia. Recordemos a nuestras madres, a nuestras abuelas, pensemos en ellas como seres libres que fueron, aquellas que lideraron nuestra propia vida, entre el barullo, la desesperación, el amor y el dolor.
A mi no me cabe duda de que, a lo que a nuestra sociedad comporta, vivimos un siglo de claro liderazgo femenino en el terreno que se ha definido como poder público, académico, intelectual, científico: el feminismo ha estado en las instituciones y se sienta en las Universidades, en los conservatorias, debate convenios con los empresarios, toma la palabra en los cuarteles, en las judicaturas, en los mismísimos gobiernos.
Me pregunto si no nos falta reclamar sosiego para la otra batalla; la de conferir significado intelectual a la memoria de nuestra naturaleza; como las sindicalistas americanas de principios del siglo XX que reclamaron Pan y también Rosas. Pongamos el pan y las rosas en mitad del debate; nuestra alma y nuestro cuerpo, aspiremos a la totalidad, como dice Maria Zambrano, sin aniquilar nuestras entrañas. Hagamos valioso lo que es nuestro, aquello que nos pertenece; ese es el reto de nuestro indispensable liderazgo. Así lo veo yo. Construyamos nuestra propio relato, vivamos nuestra biografía.
— Cuéntame una historia, Puew.
— ¿Qué historia?
— Esta

Alicante, 28 de mayo de 2006

Bibliografía:

La niña del faro. Jeannette Winterson. Edit.Lumen 2005. Escritos políticos. Olimpia de Gouges. Edit. Els debats de debats. Valencia. 2005. Elogio de la Dificultad. Estanislao Zuleta. En Internet. La virgen roja barcelonesa, Teresa Claramunt. Maria Amalia Pradas Baena. Edit. Virus. 2006,

Deja un comentario