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Clara Campoamor y otras republicanas

Revista Pueblos. Número 21. Mayo, 2006.


La luminosa fuerza de la libertad

Por Llum Quiñonero Hernández

«Las mujeres nunca descubren nada. Les falta, desde luego, el talento creador reservado por Dios para inteligencias varoniles; nosotras no podemos hacer nada más que interpretar mejor o peor lo que los hombres han hecho», son palabras de Pilar primo de Rivera, la mujer que durante 43 años dirigió la Sección Femenina, creada en 1934. Ella y su organización encarnaron la misoginia más conservadora que impregnaba la sociedad española de principios de 1900 y que arrastraba desde siglos. Sus principios se impusieron de la mano del golpe militar que en 1936 encabezó Franco, logró imponer sus usos durante cuarenta años de dictadura, bien asida de la iglesia católica como arma espiritual y del fascismo como teoría política. ¿Qué mujer podía sustraerse a tanto control?

Poco antes, en 1937, en plena resistencia armada, había escrito la anarquista Suceso Portales:
«Dos cosas empiezan a desplomarse en el mundo por inicuas: el privilegio de la clase que fundó la civilización del parasitismo, de donde nació el monstruo de la guerra, y el privilegio del sexo macho que convirtió a la mitad del género humano en seres autónomos y a la otra mitad en seres esclavos, creando un tipo de civilización unisexual: la civilización masculina que es la civilización de la fuerza y que ha producido el fracaso moral a través de los siglos».

Entre estas palabras, las de Pilar Primo de Rivera, pronunciadas en 1942 y las de la costurera anarquista Suceso Portales, publicadas en la revista número 10 de Mujeres Libres en 1938, sólo habían pasado cuatro intensos años.
Con el triunfo de los golpistas, la sociedad española se quedó sin más memoria que la impuesta. Y los debates sobre derechos y los derechos mismos fueron eliminados a cañonazos, en demasiadas ocasiones llevándose también por delante a quienes los defendían.
Desconocemos a donde nos hubiera conducido las transformaciones republicanas de no haber triunfado Franco pero lo que si sabemos es la larga lista de amarguras y frustraciones que supuso la derrota para las generaciones de mujeres que lo perdieron todo.
Visto desde el lugar de nuestro presente, sabemos que el marco legal no cambia la sociedad en una generación, pero también tenemos ahora la certeza de que es esencial para que la metamorfosis comience a producirse. Y la República, con todas sus contradicciones, fue el escenario político donde se emprendió la modernización de una España dominada por el más rancio e inquisitorial catolicismo que consideraba a las mujeres seres inferiores. Por esas nuevas expectativas que brindaba la ley se comprometieron millones de mujeres con su voluntad, con su experiencia, con su vida.
Ahora, setenta y cinco años después, como si saliéramos de un mal sueño, una vez más tratamos de entender lo ocurrido.
De nuevo dirigimos la mirada hacia aquella experiencia política y existencial que trató de modernizar la España del siglo XX, y de los rescoldos de tanta hoguera, aún destaca la luminosa fuerza de la libertad que imaginaron. Pero para reconocerla hemos de transitar también por los caminos destruidos por el franquismo y aún por los senderos repletos de minas que comenzaron a abrirse levemente a partir de una Transición Política que se negoció a cambio de un olvido imposible. Somos todavía parte de aquella tempestad que empezó cuando la izquierda y las mujeres comenzaron a reclamar un nuevo orden social y pareció hacerse realidad.
Setenta y cinco años después de aquel 14 de abril de 1931, vuelven los ecos de aquellas voces como impulsadas por la fuerza de la propia historia, como olas que tomaran fuerza en su inercia. Hasta aquí llegan también las reflexiones de Clara Campoamor, que con tanta soledad defendiera el derecho al sufragio femenino en el parlamento republicano. En su libro “El voto femenino y yo, mi pecado mortal” se quejaba con amargura de las resistencias al cambio, ella a quien la misoginia dominante acusó de haber hecho fracasar (por el voto femenino) a la izquierda en las elecciones de 1934. La mujer –decía Clara Campoamor en 1935—no ha dado un paso más en el orden civil ni en el administrativo y en ambos se ve constantemente arrebatar beneficios y situaciones que continúan vinculadas al privilegio masculino, aunque las pruebas de capacidad hayan sido análogas para los dos sexos”.
Clara Campoamor fue una pionera solitaria. Murió en 1972, en Lausanne alejada de las nuevas generaciones de militantes feministas que comenzábamos a balbucear entonces su nombre, a devolverle la dignidad de su causa. Pero ella tal vez no lo supo entonces.

La II República tuvo una vida corta, intensa, atroz y luminosa, todo a la vez. Si vamos a su Parlamento sólo encontraremos a nueve diputadas a lo largo de su pequeña vida. Pocas y de izquierdas, salvo una representante de la CEDA. Y más tarde, tras el golpe de Franco, una ministra, la anarquista Federica Montseny, la segunda mujer que en Europa –después de Alejandra Kollontay, que ocupara una cartera en un gobierno de un país europeo.

El sufragio femenino fue uno de los temas estrella en el periodo constituyente. La más encendida en la defensa de los derechos de la mujer fue Clara Campoamor, hazaña que le granjeó sus momentos de mayor popularidad y el principio del fin de su carrera política, a la que no renunció a pesar de su exilio.
Margarita Nelken, también feminista, sostenía en aquel momento que “se debería negar el sufragio femenino para evitar que se repitiera lo que había sucedido cuando se hubo concedido el sufragio masculino: que regiones enteras fueron entregadas al caciquismo”. Victoria Kent propuso en el parlamento que se aplazara la concesión del voto, “no por una cuestión de capacidad de las mujeres sino de oportunidad política”.

Un comentario a “Clara Campoamor y otras republicanas”

  1. dedos duda dice:

    Me gusto mucho el texto, y tambien la idea de asumir los debates dentro del campo de las mujeres, las diferencias, incluso el machismo encubierto por algunas pioneras del feminismo, o el oportunismo politico.
    La memoria no es un azulejo pegado en una pared, es el reflejo de la sociedad en un charco de agua, depende quien se muestre con mas nitides, claridad y verosimilitud que podra contar las historias. Gracias por hacernos dudar que tambien es pensar.

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