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Terratremol en la ciudad de las maravillas

Terratremol es un famoso detective alicantino nacido del escritor Mariano Sánchez Soler. Por iniciativa de Mariano, durante los últimos tres años, un grupo de escritores fuimos convocados a ser cronistas de las actividades de este singular personaje. En la última edición, que acaba de ser publicada, tuve la suerte de participar y pude contar sus afanes. Lo que viene a continuación es el último capítulo del libro –Terratremol y en la ciudad de las maravillas– titulado Al Tasan Zaf y el Código Secreto. Para resolver informacion críptica.

AL TASAN ZAF Y EL CÓDIGO SECRETO

Se sentía igual que una alfombra vieja con la llegada del verano. Notaba que la cabeza le daba vueltas sobre los hombros, que los ojos le parpadeaban arbitrariamente, que el bigote se le movía sin su consentimiento.

—¡¡Ps, ps!! —alguien le chistaba mientras subía por la calle Labradores.

Terratrèmol, sin enterarse, trataba de apaciguar una respiración que se le iba acelerando como si estuviera acumulando aire para emprender vuelo. En su cabeza se agitaban los últimos acontecimientos.

—¿Y yo a quién le cuento ahora lo sucedido? ¿Quién se va a tragar lo del espejo? ¿Y de dónde tiene sentido que la palabra, la palabra del alcalde haya bastado para que las dichosas puertas se abrieran? —Sus pensamientos se adentraron por la metafísica.

A cada zancada, se enunciaba una pregunta trascendental del tipo ¿y a mí quien me manda meterme en esto?

Solo le daba tregua, el recuerdo del apetito que hacía palmas en sus tripas y le mandaba a su parte pensante la idea de un buen bocata de bacalao con aceite y tomate, y una olivitas negras.

Apretó el paso.

—Pss, pss —de nuevo.

Iba al retortero a la búsqueda ¿de qué? Echó mano del bolsillo y advirtió que no tenía ni un miserable euro para comprar un puñadito de ñoras roñosas para pasarlas por la sartén con un huevo frito; siguió buscando en su pantalón vaquero. Suspiró a la vez que se acordó de la propuesta del Gran Promotor. El le daría trabajo para siempre. Miró hacia arriba y sin ver, supo que allí estaba el Benacantil.

¡Estaba fatigado, reventado!

¿Por qué no ceder de una vez por todas? ¡A lo mejor no era tan mala idea construir en la ladera, cara al mar!

Notó que se sonrojaba pero no se amilanó. ¿Acaso no habían hecho exactamente eso los antiguos pobladores de la ciudad? Se habían ido a vivir al Benacantil. Pues claro que sí. Una idea excelente. Lo que necesitaba era un poco de arrojo para decirle sí al Gran Promotor y dejarse de mandangas.

Mientras Terratrèmol comprobaba que en el bolsillo sólo llevaba un calendario de 1979 con una maciza en pelotas, imaginó el perfume de un plato de Olleta.

Alguien trató de nuevo de alcanzarle —ps, ps— sin conseguirlo.

Siguió hurgando y encontró algo parecido a una medalla que sacó de entre los pliegues de la tela; la miró fijamente aunque no acertó a identificar. –Ps, ps–otra vez.

Un churrete de sudor le resbaló por las mejillas y sacó levemente la lengua; al atraparlo una pizca de sal húmeda y grasienta se le deshizo en el paladar.

—¡Ché, que agobio! —dijo en voz alta y sin frenar el paso.

Tenía las piernas flojas.

La desazón le invadió. Entonces, sin dejar de mirar la medalla susurró lo que tantas y tantas veces había oído pronunciar a su abuela y a su propia madre:

—¡Faz divina, Misericordia! —una frase que acompañaba la exhalación del suspiro, como si fuera inseparable.

Su respiración convertida en un rumor áspero y arrastrado no le dejaba escuchar otros sonidos que abrumaban a los transeúntes. Incluidos el pss, psss, que alguien de aspecto, en cierto modo, indescriptible pero estrambótico, como atemporal, emitía al verlo ahora cruzar la plaza de Sant Cristòfol a todo meter.

Terratrèmol, que tropezó con la fuente, mientras por segundos imaginó la posibilidad de ganar dinero para vivir tranquilo el resto de sus días, se sobresaltó cuando el Pssst… se convirtió en un rotundo:

—¡Rediez, Terratrèmol ¿Quieres hacer el favor de pararte?

Ahora le perseguía un maníaco o ¿era maníaca?

—¿Pararme? —Había dicho la palabra prohibida—. Perdón, quiere hacer el favor de dejarme pasar que tengo muchas cosas que resolver, masculló al ver una sombra que se le abalanzaba.

Terratrèmol se detuvo jadeante y trató de mirar a quien se le había puesto por delante. Como no dejaba de parpadear, no veía con claridad.

—¿Nos conocemos?

—En cierto modo, dijo y veló el rostro tras una melena negra y lisa, como recién salida de la peluquería.

Estaba delante de alguien…, de algo… ¿de qué le sonaba aquella cara tan inquietante, tan familiar, tan alargada,…? Y aquella voz, que le ponía los pelos de punta.

—Llevo tiempo tratando de localizarte. Vengo a socorrerte y a que me auxilies —dijo mientras se recogía una lágrima que tenía detenida en mitad de la mejilla.

Terratrèmol le miraba y lo que entreveía solo aumentaba el desasosiego que le invadía.

—Sinceramente, no acabo de recordar de qué nos conocemos —dijo, atravesado de una combinación de desconfianza, terror y placidez. Y de un cierto olor antiguo, que le recordaba su infancia, entre dulce y rancio.

—Solo quiero charlar en un lugar seguro.

—¿Y usted quien es, si puede saberse?

–Me vas a permitir que te lo diga a resguardo —y lo empujó sin tocarlo hacia una esquina, camino de la ermita.

—Puedes llamarme Zaf, Zaf, Al Tasan Zaf; te necesito —Esas fueron las palabras al adentrarse en una de las cuevas medio derruidas del Benacantil.

—Perdone usted, pero no estoy disponible —dijo mientras sentía como si los pies no le llegaran al suelo. Una flojera solo semejante a la pájara de un canuto cargado de más y fumado a deshora le estaba invadiendo. Sus remos se vinieron abajo. Mientras caía, como sobre una nube de algodón rosa, la voz de debajo de aquella melena repetía

—Soy Al Tasan zaf, Al Tasan Zaf… Tranquilo, tranquilo…

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