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A la búsqueda de reconocimiento

«En la guerra que peleo
/ siendo mi ser contra sí,
/ pues yo mismo me guerreo: /
defiéndame Dios de mí».
Lope de Vega.

Los primeros días del pasado junio, participe en un Congreso titulad Salud Mental y Memoria, organizado por la Asociación Española de Neuropsiquiatria. Profesionales de la Salud Mental. La perspectiva de la salud mental es esencial en el intento de reencuentro con la memoria que nos pertenece. Por inquietante que resulte mirar lo más infame de nosotros mismos, peores diagnósticos origina negar lo ocurrido y abandonarlo en el limbo de lo inverosímil, de lo improbable, de lo inexistente. Porque en ese limbo de lo negado es precisamente el lugar donde lo peor recupera sus fuerzas.

De ese Congreso nació este artículo para la revista Norte, editada en Bilbao.

«Ustedes me esperarán, ¿verdad?». Etty Hillesum

Había un limón cortado sobre la cocina y una pequeña mosca daba vueltas. Yo comenzaba a darle forma a este artículo. La memoria colectiva, la memoria social, la memoria individual todas tejidas con trazos a veces homogéneos y hermosos, en ocasiones repletos de zurcidos, de boquetes, de nudos apresurados, cosidos como la misma música, con sonidos y silencios. Comencé a escribir, miraba el limón la mosca y pensaba en una especie de fractal que fuera la memoria, un patrón que se repite con agujeros y formas armoniosas, a veces parece apaciguarse y en ocasiones se precipita, brilla y se oscurece. Esa memoria que nos da sentido y que buscamos, esa madre de la Historia, que nace cuando los historiadores documentan, fechan, sitúan y ponen nombres y apellidos a lo vivido intensamente y que tiene consecuencias colectivas de gran magnitud.

Allí estaba la mosca y yo sin mirarla, la veía. De fondo sonaba Bach.

Entonces salí al balcón y me encontré con mi vecina que me decía que cada día su memoria se parecía más a la de una mosca. La mosca el tema del día. Traté de persuadirla de su error. Resulta que las moscas, esas que daba vueltas sobre el limón de mi cocina, que responde al aristocrático nombre Drosophila melanogaster, literalmente –Amante del rocío de abdomen oscuro– se han convertido en los últimos años en paradigma de la memoria. Ella, Drosophila, como los humanos, está preparada para comportamientos muy elaborados. Uno de esos comportamientos es el cortejo. Hoy se investiga sobre su comportamiento genético y bioquímico. Incluso han viajado al espacio sideral en naves rusas y norteamericanas, ellas que carecen de pasaporte, por ahora.

Las moscas tienen una memoria que le permite crecer vivir, reproducirse y no cometer los mismos errores en la vida adulta que en su juventud. Al menos así lo establecen quienes han estudiado con minuciosidad su vida social, su forma de reproducción, el comportamiento de los jóvenes, de los machos, de las hembras y el de los adultos.

Son seres sociales y se desenvuelven en un sistema complejo pero no tratan de contarle su vida a las otras moscas, ni se deprimen, que se sepa. Y no se duelen de falta de reconocimiento. Viven en la felicidad que les proporciona su preciosa memoria, esa que les permite cumplir su tarea que no cuestionan. ¿o sí? No lo sabemos, auque hay científicos que las escucha y tratan de averiguarlo.

Pero ¡ay de nuestra memoria! Nos somos moscas. La sociedad española, pareciera haber entrado en el siglo XXI después de bajarse de una atracción de feria de esas que ponen a la gente boca abajo y les dan vueltas a gran velocidad. Salimos aturdidos y contentos de estar de nuevo en tierra firme, pero sin la evidencia de que tal cosa sea verdad. Venimos de un ruidoso y violento traqueteo que nos ha dejado tan exhaustos, que aún a penas nos atrevemos a mirar lo ocurrido. De ahí que aún tengamos una deuda pública, social, histórica y por supuesto también familiar e individual con nosotros mismos, con nuestra memoria. De ahí, que, todavía perplejos, , casi sin mirar atrás, nos tentamos el cuerpo para comprobar que estamos enteros, que no nos falta nada.

¿Podremos sacar provecho de la lección? ¿Convertirnos tras lo ocurrido –como escribe en su diario del campo de concentración de A uschwitz la holandesa Etty Hillesum–, en seres más sabios, más profundos? ¿A qué esperamos?

Necesitamos olvidar y necesitamos recordar, todo a la vez y todo en la medida de nuestro propio horizonte. Pero la memoria, pase lo que pase con las conexiones de nuestras neuronas, persiste en algún lugar de nuestro cuerpo, de nuestra mente, igual que ocurre con las neuronas de las diminutas drosophilas. No hay modo de vivir sin tal registro del pasado, almacenado en algún lugar aún sin descifrar por quienes escudriñan el cerebro en busca de respuestas. Un pasado que vuelve, que nos da fuerzas, nos ilumina, que en ocasiones nos paraliza y a veces nos enferma.

Recientemente me reuní con varios ancianos de mi familia. Mi madre, mi tío Jaime y mi tío Federico, los tres primos hermanos, compañeros de aventuras y desventuras durante los años de guerra y posguerra en Alicante; hablaron durante horas de sus recuerdos; recuerdos que iban una y otra vez al mismo lugar: la infancia, la guerra, el hambre, las bombas, la muerte y las ganas de vivir. Cada uno relataba los hechos como si se tratara de momentos distintos pero hablaban de lo mismo. Se sorprendían de lo que el otro recordaba y se asombraban de lo que el otro relataba con tanta nitidez porque no recordaba haber estado allí, aunque los otros afirmaran lo contrario. Sus sinapsis eran diferentes por eso diferían sus relatos al extraerlos de la despensa de su memoria. Los tres tenían la certidumbre de que aquellos años de niñez y adolescencia eran el tesoro sobre el que habían construido su existencia, sus errores, sus ambiciones, sus fracasos y sus éxitos.

Son protagonistas de una generación—de una de las generaciones—afectadas de lleno por la crueldad de la guerra, por el terror de la represión y de la dictadura, con la negación de más memoria que la impuesta, crecidos con orejeras, castigados contra la pared, o en el cuarto oscuro, por desobedientes, temiendo siempre la mano dura como respuesta. Crecieron con la necesidad de no mirar atrás, porque mirar atrás quemaba. No era solo el dolor íntimo, la experiencia intransferible del hambre propia, de haber sido testigos de la muerte, sobrevivientes bajo las bombas que mataron a otros, de los disparos que acabaron con otras vidas vecinas, familiares… son el resultado de un esfuerzos personal para adaptarse a una forma de supervivencia que les ha permitido seguir vivos cargando con sus recuerdos silenciados. Ninguno de ellos fueron perseguidos por sus ideas políticas; eran adolescentes durante la guerra y crecieron después, adaptados a la vida que se les ofrecía, son supervivientes que trataron de aprender la lección terrible con la que terminan todas las tragedias. Se aferraron a la vida y avanzaron y sacaron provecho de las escasas posibilidades que se les ofrecieron.

Setenta años después de lo ocurrido, dolidos por la experiencia, a mi me parecían sabios, me parecían, profundos porque miraban su biografía sin la angustia de quien niega lo vivido.

Andamos perdidos olvidando, inventando, recordando. A veces somos memoriosos, como Funes, el personaje absurdo de Borges que todo recordaba, y tantas otras estamos enfermos por falta de memoria. La memoria permanece, se dice desde la neurobiología, lo que queda interrumpido en ocasiones son las conexiones que cierran el acceso hasta la información en ese intrincado laberinto que es el cerebro. Nuestra memoria está ahí. Gracias a ella, cada cual y la Humanidad en su conjunto es lo que es. Pero vivimos en sistemas, sistemas de relación que del mismo modo que nuestras neuronas, funcionan por conexiones.

Percepción, historia, memoria y verdad cada una de ellas convertidas en materiales inaprensibles con los que se construyen las biografías, los conflictos y sus resoluciones, la política, los sueños, la vida cotidiana y la vida social. Estamos en el territorio de la psicología, de la filosofía, el eterno espacio de la vida que pretende explicarse. Estamos en la búsqueda del equilibrio para sobrevivir de modo saludable; estamos más aún, en el mapa de la vida, construido de incertidumbres y certezas, en la geografía de la memoria que necesita se nombrada.

Llevo años escribiendo sobre historias silenciadas: imparto talleres sobre memoria histórica, trato de entender y desarrollar los mecanismos que tenemos a nuestro alcance que posibilitan el encuentro, la comunicación, el reconocimiento de lo que somos cada cual y del lugar del otro; de recuperar instrumentos que nos permitan mirar lo silenciado, lo callado, lo ocultado para dar espacio también nuestro propio relato sin negar las otras narraciones. Vencer la rigidez de una memoria congelada., el miedo a que no sea verdad lo recordado, a que nadie de crédito a lo dicho. La necesidad de mirar la historia propia, me ha conducido a meterme en la vida de los otros. No hay tarea que ejerzamos en la que el yo no se implique profundamente, aunque esa implicación se vista con el traje de la ausencia o de la objetividad.

¿Qué es la memoria histórica? ¿En qué consiste la memoria colectiva? ¿Podemos construir una verdad social que se convierta en la verdad? ¿Qué relación tiene la propia memoria con la memoria de los otros?

No hay modo saludable de afrontar la memoria si no reconocemos el material con el que construimos el relato de nuestra vida. Es precisamente en nuestro propio linaje donde se han encontrado los protagonistas: verdugos y victimas, a veces las dos fuerzas a la vez, incluso en la misma cama, todos supervivientes a sus propios demonios y a los demonios de los otros. Hablo de las mujeres que nos han parido, las que han puesto el puchero en la mesa cada día en tiempos de escasez, aquellas que han levantado la vida doméstica, alentando los rescoldos de un fuego que parecía extinguido, también aquellas que han disfrutado de los lujos logrados con el sufrimiento de los otros o con el suyo propio. Hablo de los hombres, los derrotados y los victoriosos, atormentados tantas veces por la culpa, esa culpa que tal vez no sean capaces de nombrar, humillados por la derrota, perseguidos por la humillación de no ocupar el papel para el que estaban llamados o estar allí a costa de tanta negación y tanta sangre. Hablo de quienes han crecido con el peso de un silencio denso a sus espaldas.

“Romper la continuidad con el pasado, querer comenzar de nuevo, es aspirar a descender y plagiar al orangután”, decía Ortega y Gasset en La rebelión de las masas.

Plagiar al orangután… ni siquiera imitarle, porque el orangután posee sus propias cualidades y tiene su propio abanico de posibilidades y por supuesto, su propia memoria, un recurso elemental para todos los aspectos de su vida y supervivencia.

Como se puede apreciar, de modo magistral, en el relato autobiográfico, Una Mujer en Berlín, la actitud de la protagonista cambia y se modula en relación a los acontecimientos que le afectan. El miedo, el dolor, la violencia, el amor modifican sus expectativas, su actitud ante vida. Es capaz sobrevivir, de afrontar la guerra y la posterior ocupación de Berlín por los rusos, al integrar cada momento, ponerse al frente de sus posibilidades y darle de ese modo continuidad al propio relato. Claro que su testimonio se hace público bajo el anonimato con el que firma su peripecia. Memoria, silencio, necesidad de reconocimiento.

Somos el resultado de lo que aceptamos y de lo que rechazamos. Salimos de un trauma social y socialmente lo afrontamos tantas veces en silencio, como si tal no hubiera sucedido. Nada de lo que nos ocurre queda ajeno a nuestra historia; siempre vuelve al presente en forma de acción, de omisión, de síntoma, de salud.

¿Acaso la lucha armada de ETA en Euskadi no sigue vinculada a esa violencia anterior por lazos que resultan tantas veces tan incomprensibles como difíciles de romper, tan inexplicables? ¿Acaso no redunda en un dolor viejo, no convierte a las víctimas en permanentes verdugos, atrapados en un laberinto que se alimenta así mismo sin calma, sin sosiego?

La memoria nunca nos abandona auque queden distorsionados los senderos que nos condicen hasta los recuerdos. La experiencia, la propia y la heredada, conforma nuestra manera de ser, de percibirnos, de comunicarnos. Nos amplia el campo de visión si la aceptamos o lo restringe, lo parapeta si lo negamos.

Somos más neuróticos en la medida que resultamos menos flexibles para integrar en nuestra experiencia los hechos más dolorosos y perturbadores. Tal vez se ese precisamente ese uno de los territorios desde los que resulta saludable reclamar el derecho a la memoria propia y a la par, la obligación de reivindicar una memoria colectiva que nos reconozca. Ahí reside uno de los dramas, de los disturbios de nuestra memoria social, la rigidez que sufrimos, dificulta cuando no impide la tolerancia que reclama el reconocimiento de lo que somos. Padecemos de una especie de neurosis social que ha germinado en cada casa.

Imaginemos una memoria cimbreante capaz de aceptar lo que contiene, la propia experiencia y la heredada; una memoria que se sabe veraz y capaz de convivir con otras memorias diferentes, divergente incluso. Memorias flexibles que no se quiebran cuando otros las niegan. Que no tiene que inventarse para ser. Una memoria profunda, sabia que mira lo que somos capaces de destruir, de crear.

Necesitamos de una sociedad que nos contenga de la misma manera que debemos ser capaces de contener y convivir en ese mar de relatos del que Jerome Bruner dice que es la atmósfera de nuestro vivir. El, desde la psicología cognitiva, ha teorizado y experimentado acerca de la percepción y sus significados. Un mismo hecho es percibido por cada individuo en relación a sus deseos, valores y necesidades. La experiencia se codifica y se interpreta. Tal es una verdad a la que todos estamos expuestos a diario; y sin embargo a diario tratamos de convertir en una sola verdad lo que es por definición múltiple. Probablemente el asombro sea otro recurso de la memoria para evitar su esclerosis.

La memoria, las memorias, ponen de manifiesto que nuestra mente no es un receptor pasivo; que no hay una realidad sino realidades. Hemos de aceptar que somos en nuestro presente, hombres y mujeres, herederos de nuestros antepasados, de sus pasiones, de sus aberraciones, de su amor a la vida; que somos el resultado de sus esfuerzos, de sus errores, de sus derrotas y también de sus victorias.

No estamos donde estamos como producto del esfuerzo de la última generación educada en la más refinada tecnología que jamás hubo antes en la Historia; no somos el resultado de esa memoria mastodóntica que es Internet y que nació en el siglo XX. Ella misma originada en la fuerza de la guerra y en la enérgica necesidad de paz ¿Cuál de las dos fuerzas más poderosa?

Resulta urgente reclamar un espacio para las memorias silenciadas, reclamar un reconocimiento político y social de las experiencias individuales; necesitamos decir en voz alta lo que no fue nombrado, reivindicar el recuerdo de quienes todo lo pedieron, reconocer el dolor y seguir con ello. Sin matar para vivir. Sabernos herederos de una sociedad que se coló en el siglo XXI de puntillas sobre su pasado, deprisa, como corriendo sobre las brasas.

Ha sido a partir del año 2000 cuando la memoria de la guerra y de la represión franquista ha cobrado un nuevo auge y una novedosa perspectiva, avalada por algunos gobiernos autónomos, ciertos ayuntamientos, algunas universidades. Es la tercera generación tras la guerra quien ahora lleva la iniciativa. Buscan, buscamos sus cuerpos, sus memorias, su reconocimiento. El debate ha salido, en medida, de las trincheras donde estuvo agazapado durante décadas. Hace solo unos pocos años que se comenzó a hablar con cierto eco público sobre viejas fosas comunes, cadáveres en las cunetas, campos de concentración y de trabajo esclavo en los campos de trabajo para presos, como el Canal de los presos del bajo Guadalquivir, abierto hasta 1962 y tantos otros repartidos por una geografía sin mapas. Comenzaron los pequeños actos de homenaje, se levantaron algunos monumentos, ciertas exhumaciones… Las nietas y nietos de aquellos que murieron, sus biznietos y biznietas están ya ocupando sus trabajos, en la Universidad, amasando el pan que nos comemos y atendiendo los mostradores de los supermercados, se sientan en los Consejos de Administración, en el Parlamento, llevan a sus pequeños al colegio, abren cada día sus negocios y son médicos de guardia en los Hospitales, están en El Tribunal Constitucional, son fiscales y dirigen grandes inmobiliarias . Tal vez, probablemente, pocos sepan de su propia historia; una historia marcada por el silencio envuelto por la voz destemplada del poder total y después por la palabra debil de la prudente democracia que no osó, porque no pudo, llamar dictador al dictador. Este año, por primera vez, se ha recordado de forma pública en Alicante, el fin de la República, la encerrona en su puerto de miles de hombres, mujeres y niños que trataron de ponerse a salvo de la victoria de Franco y a los que no se les permitió embarcar hacia el exilio. Aún balbuceamos el derecho al recuerdo público. Erramos si no reclamamos la memoria desde la lección magistral de la vida. Necesitamos el coraje de Etty Hillesum, de la joven judia holandesa cuando escribió en su diario, en el campo de concentración, entre 1941 y 1943:

“(…) Las amenazas y el terror crecen día a día. Me cobijo entorno a la oración como un muro oscuro que ofrece reparo, me refugio en la oración como si fuera la celda de un convento; ni salgo, tan recogida, concentrada y fuerte estoy. Este retirarme en la celda cerrada de la oración, se vuelve para mí una realidad siempre más grande, y también un hecho siempre más objetivo. La concentración interna construye altos muros entre los cuales me reencuentro yo misma y mi totalidad, lejos de todas las distracciones. Y podré imaginarme un tiempo en el cual estaré arrodillada por días y días, hasta no sentir los muros alrededor, lo que me impedirá destruirme, perderme y arruinarme.”

Y más adelante escribe: “Si llegase a sobrevivir esta etapa, surgiré como un ser más sabio y profundo. Más si sucumbo, moriré como un ser más sabio y profundo”.

Su testimonio es la defensa de la vida, esa verdad unánime, indiscutible: la vida tratando de abrirse paso, resistiendo, aceptando cada una de las lecciones que se le brindan.

Trato de mirar lo que tenemos, las múltiples posibilidades que se nos ofrecen a nuestro alcance. Y me parece que escucho a Etty Hillesum. Desde el convoy de la muerte y el exterminio que la llevó a Auschwitz con toda su familia y 938 personas más, arrojó una tarjeta-postal con estas palabras:

«Ustedes me esperarán, ¿verdad?».

Sabemos más de lo ocurrido en Alemania, en Polonia, incluso de los horrores del poder soviético que de lo acontecido tras la victoria de Franco. El pacto de olvido fue el precio de una democracia que no pudo nacer de otra manera. Se blindaron los archivos militares, lo judiciales, los municipales, los policiales; muchos documentos se perdieron, se destruyeron… Todo en una legalidad incapaz de sobreponerse al peso de una democracia apresurada que avaló –como afirma el historiador Francisco Espinosa Maestre–, que la memoria suponía rencor y el olvido, reconciliación. Pero no hay olvido aunque estén heridos los archivos que acreditan los abusos, la rapiña, las crueldades.

Miro de nuevo mi limón que sigue dando vida a las moscas sabias, felices moscas. Ellas que no sufren por sus recuerdos, aunque si tienen memoria. El siglo XXI esperó a Etty que murió antes de la liberación, en 1943, esperó también a cada una de las mujeres y de los hombres protagonistas de las tragedias que inundaron los hogares españoles por la guerra y por la dictadura.

“Quisiera vivir muchos años, para poder explicarlo posteriormente. Más si no se me concede este deseo, otro lo hará, otro continuará viviendo mi vida, desde donde terminó”, escribió ella.

Existe un espacio privilegiado en el que caben las memorias, profundo, veraz; es aquel generado por la conducta a través de la cual, como dice el biólogo chileno Humberto Maturana, el otro no es negado, aún en el desacuerdo.

Ese lugar es el amor, esa emoción que tan escasamente tratan los científicos y las ciencias. Maturana afirma que el amor es un fenómeno básico, la emoción que todos conocemos y que constituye la esencia social, así lo dice él. Y si hay algún territorio para el encuentro, es precisamente ese del que habla Maturana: Un espacio que nos posibilite recoger el testigo ardiente de la memoria, el reconocimiento profundo de lo acontecido, la aceptación de la trágica y sensacional energía que hace posible y a la vez la vida y la muerte. Podremos así, entrar en los archivos blindados también por nuestros miedos y leer, venciendo todos los temores y en voz alta, los nombres de los ejecutores y de las víctimas; a sabiendas de que somos sus semejantes, que probablemente llevamos sus apellidos y somos sus herederos. Podremos después, dejarlos por fin en paz con sus tragedias ya resueltas. Y asumir, con la vida a nuestra disposición, la responsabilidad que nos corresponde con nuestro presente.

Llum Quiñonero
Alicante, 13 de junio de 2007

3 Comentarios a “A la búsqueda de reconocimiento”

  1. los caminos que s ebifurcan dice:

    si dado me fuera entre torrentes de palabras te diria quien soy yo, pero la memoria me falla,. Esucho el murmulllo de tu voz y miradas de recuerdos llegan a mis ojos ensimismados.
    El tiempo pasa y la memoria guarda en silencio el halito de tu dulzura, el caminar elegante, la palabra profunda y aciriciante,
    Uuna noche entre dos fuegos, el recorrer esta ciudad que nos junto sin pensar, que el encuentro es eterno y que el silencio no es tal.

    Otros tiempos del ayer que estan en hoy, ahi hasta el proximo encuentro, del ayer continuado en la memoria activa y creciente de un sabado en las afueras de la ciudad, en el campo y ante la magia de las montañas.

    De cuando en vez tus palabras y tu sabiduria me traen con nostalgia lo que se fue, que traigas a borges borges, me movio y me hizo inevitable saber de ti y hasta querer escuchar tu voz intrepida y el osculo depositado en mi frente que estremecio mi mas profundo genoma.
    me llamo Funes el memorioso que recuerda los caminos que se bifurcan, de quien te admira y recuerda en la cristalinadidad y en la pasiòn por la vida , en el trabajo rescatar la imagen de las mujeres, con una camara que se acerca demasiado al alma humana, como quien quiere inmortalizar los momentos mas fuertes de la war y recoge el mas lato sentimiento el del amor efimero y sutil que se queda en alma d emanera eterna y bella.. homenaje aquien movio por un instante que se quedo en el infinito las entrañas profundas de mi ser .
    abrazos fuertes.

  2. Daniel Moya dice:

    Querida amiga Llum:
    (permíteme la familiaridad por favor).
    De nuevo es un placer leerte y reflexionar con lo leido.
    Enhorabuena.

  3. carmen marcel dice:

    je ne vous connaissais pas mais j’ai pris beaucoup de plasir à vous lire. Fille d’exilée politique ayant vécu à Alicante, je vous comprends d’autant plus que ma MERE a passé sa vie à nous raconter la guerre, l’éxil,la tempête en Méditerranée sur le Marrionga. Ce n’était que souffrance, regrets,nostalgie de son
    cher pays.Je vous remercie car en vous lisant, jme parecia que mi madre que fallecio en junio 2005, me estaba contendo su historia como lo hizo toda su vida
    sinceros saludos de carmen

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