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Historia para la vida

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El pasado sábado 1 de marzo, di una conferencia en el Círculo de Bellas Artes, en el Madrid apretado de esta primavera.

Hay dos temas sobre los que he tratado de reflexionar en estos años de trabajo vinculados con lo que hemos llamado Memoria Histórica. No se trata de reabrir heridas sino de buscar cómo curarlas sin negar a nadie fueran quienes fueran nuestros antepasados. Quiero invitaron a reflexionar conmigo sobre el sentido de la memoria. Y quiero también colocarme en ese lugar abierto por nuevas corrientes del pensamiento y de la spicología: orientarnos hacia la solución.
Desde ese lugar, reclamo nuestro derecho y nuestra obligación de afrontar la historia de los hombres –y de un modo particular– de las mujeres que nos han precedido. Y mirarla desde el espacio y el tiempo que nos corresponde, que no es otro que el del presente. Un presente en democracia, sin guerra, sin dictadura que nos permite discutir, vivir y defendernos sin poner en cuestión la vida de los otros, de las otras.
Dice Nietzsche que la Historia solo tiene sentido si se orienta hacia la vida. Me quedo entonces con Nietzche y trato de tirar de ese torrente que hace posible que la vida siga. Ese Torrente está lleno de hombres y de mujeres esenciales. De esas mujeres quiero hablar, sin excluidas, fuera cual fuera su cultura, su ideología, su oficio…
Gracias a los organizadores del Foro por la Memoria, por la invitación y a Pilar González por sus palabras de presentación.

Un comentario a “Historia para la vida”

  1. LA MEMORIA NO DUELE… DUELE EL OLVIDO (*)

    Una de las acepciones de “duelo” en el DRAE hace referencia a la reunión de parientes y amigos que acompañan a los seres queridos al cementerio. Según los sicólogos, esta constatación de la muerte, este hecho consumado de enterrarlos o incinerarlos, marca el comienzo del proceso de duelo que tiene como intención reconocer el dolor que nos produce la pérdida, aceptar que nos duele, aceptar la ausencia, manifestar el dolor y, al final de todas las etapas que comprende, seguir adelante con nuestra vida.
    Pero ¿qué sucede en nuestro interior cuando la muerte es inesperada, imprevisible y violenta? ¿Y cuando por añadidura no existe este primer paso del duelo, el de la verificación de la existencia de una tumba a la que llevar una flor? Evidentemente, nos quedaremos anclados en la primera etapa de conmoción e incredulidad ante la muerte o la desaparición, no podremos ir cumpliendo las siguientes etapas del duelo y obviamente éste no podrá terminar nunca, sin importar los años que pasen o lo mucho que quieran obligarnos a ello. A veces esto sucede porque desde el poder inciden para que no sepamos nunca cuál ha sido su destino final y donde se encuentran sus restos. En este caso, no habrá decretos ni leyes ni sentencias judiciales que nos hagan aceptar una muerte que no podemos asumir simplemente porque no tenemos un lugar físico al que ir a llorarlo. Nunca podremos aceptar que el político conservador de turno nos diga que no hay que tener ojos en la nuca, que remover el pasado no sirve para nada y que debemos mirar hacia el futuro. Porque estas no son más que racionalizaciones intelectuales destinadas a “tranquilizar el ambiente” y que no toman en cuenta en absoluto a las personas.
    A partir del 2006 mucho se ha hablado mucho de este tema en España a raíz de la ley de recuperación de la memoria histórica, o de la identificación de restos y su cristiana sepultura en algunos ayuntamientos, o incluso de los dimes y diretes que rodean el destino final de García Lorca a 72 años –este 18 de agosto- de su muerte.
    En Uruguay, mi país de nacimiento, después de una cruel dictadura militar de doce años, con presos políticos, exiliados, torturas y desapariciones de personas, al volver la democracia en 1985 e intentando una pacificación social que es moneda corriente en todas las transiciones de las dictaduras a las democracias (basada sobre todo en el temor de la gente a un retorno de los impresentables golpistas), se aprobó una ley con un nombre muy pomposo que el pueblo resumió en “ley de impunidad”, por la cual no se podían investigar los horrores cometidos por los militares. Esto incluía por supuesto que estos señores no podían ser llamados judicialmente a declarar sobre el destino de los detenidos desaparecidos. Pero la búsqueda de verdad y justicia por parte de los familiares fue un río incontrolable movido por ese deseo humano e ineludible del que hemos estado hablando, de recuperar la dignidad de los muertes.
    Y ese río encontró su cauce colándose por los resquicios que tienen casi todas las leyes injustas y descubriendo la manera de burlar la impunidad y obtener la información que ha conducido a la recuperación de los restos de varios desaparecidos enterrados en cementerios clandestinos ubicados en unidades militares. La información ha provenido de los testimonios de presos sobrevivientes confirmadas por jerarcas militares que revelaron el enterramiento clandestino de opositores a la dictadura muertos en sesiones de tortura.
    Hoy en día, la niña desaparecida más famosa, la nieta del poeta Juan Gelman, Macarena, es la abanderada en Uruguay en la búsqueda de información sobre el paradero final no sólo de su madre, Claudia Irureta Goyena, sino de todos los hombres y mujeres que aún tienen que aparecer. En suma, al final sólo se trata que del respeto a los muertos que tienen absolutamente todas las culturas que existen sobre la Tierra, y una cruzada en la que nosotros, los cristianos, deberíamos ser los abanderados.
    Y todo lo demás… debería ser lo de menos.

    Annabel Villar (Benidorm, 2008)
    Miembro del Liceo Poético de Benidorm y de la Asociación de Escritores y Artistas Españoles (A.E.A.E.)

    (*) Subcomandante Marcos (Chiapas, 1997)

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