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Mi vecino, el señor Pepe

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Conozco al Sr. Pepe desde hace cinco años, cuando me instalé  a vivir frente al castillo de Santa Bárbara, en Alicante.  Pepe, el señor Pepe, como le llaman mis vecinas, es como una sombra delgada y solitaria, como una i sin punto y agotada. Desde la  última Navidad salía de su casa sólo para comprar el pan, tabaco y algunos quintos de cerveza o cobrar la paga de una pensión que las vecinas le gestionaron, cuando hace diez años quedó viudo. El señor Pepe, dicen mis vecinas, ha llegado a viejo gracias al empuje de su mujer. Pero ella le dejó para irse al otro barrio y la fuerza que almacenó mientras su compañera vivió, poco a poco se le ha ido agotando.
Su vida parecía alentada por la pantalla de televisión y la ventana del bajo que da justo al paso de peatones. El pelo le fue creciendo en la nuca y en las mejillas mientras la melena se le teñía de un amarillo pardo algo más claro que el de sus uñas que también fueron alargándose. Pepe pasaba el día sentado, apoyado en una silla y de cara a la calle y desde su silla miraba más allá a través de dos recuadros, el del vano de la ventana y el de la televisión.
El señor Pepe no ha querido apoyo, si es que el señor Pepe es capaz de distinguir sobre sus necesidades; su hijo lo ha intentado, también los vecinos…pero se ha negado un día tras otro a que le trasladaran a una residencia o a que le ayudaran a lavarse o a asear su propia casa llena de su abandono. La panadería, el bar de la esquina, incluso en la farmacia le negaron la entrada. Porque el Señor Pepe olía a negligencia . Ha llevado puesta la misma ropa durante los ultimos años y tal vez haya olvidado que para hacer de vientre hay que bajarse los pantalones.
Un día vinieron del juzgado y le desalojaron del bajo donde ha vivido desde hace más de cuarenta años. No pagaba el alquiler, ni el agua, nio la luz. Vi al señor Pepe en la calle, entre la Policía Nacional, la Policía Local y los funcionarios judiciales y con la misma mirada pasmada con los que observaba el mundo desde su ventana.
Ningun médico le ha diagnosticado enfermedad por la que el esté libre de su propia tutela. Pero el señor Pepe ya no tiene nada, ni techo en el que acumular su basura. Tras varios días fuera de la que ya no es su domicilio, el señor Pepe volvió. Estaba limpio, mejor dicho, ya no tenía encima la suciedad de meses; alguien le había aseado, le había afeitado. Pasó dos días y dos noches sentado entre los pinos, frente a la puerta de su casa, bajo el sol de este verano avaricioso. Avisamos a la Policía Local para que le asistieran y tras negarse repetidamente, una vez más, lograron llevarle a algún lugar bajo techo, donde el no quería estar. Esta vez a una residencia y no al albergue de transeuntes –qué nombre más adecuado para la vida de todos– a donde fue a parar tras el deshaucio.
Ahora miro la ventana donde ya no está el señor Pepe y en la que todavia se adivina su ruina humana, y aún le veo mirando a la nada. Se fue con la Policiá Local, diciendo que tiene una hermana en Murcia que le va a recoger. Le prometieron que le dejarían marchar si el lugar que le espera no es de su agrado.
No sé lo que tardará en volver el señor Pepe a buscar su casa y su ventana que ya no le pertenecen, la última referencia. Lo que sí se es que tengo el corazón como si me hubieran pasado una lija por él. Veo en él el abandono aletargado que todos acarreamos en unas cuantas dosis y que a veces se destapa para engullirnos.  Tal vez el recuerdo del señor Pepe me ayude a estar alerta.

Un comentario a “Mi vecino, el señor Pepe”

  1. petrus dice:

    Cuanta humanidad en este relato, obviamente no podía ser de otra manera viniendo de quien viene

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