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Manuela tenía 15 años.

Esta es la historia de una mujer que llamaremos Manuela. Tiene 45 años, unas ganas inmensas de vivir y un hijo y una hija que pasan ambos de los 20 años. Lo que os voy a contar pasó hace 30 años.
Corría el año 1979. Este país  salía como podía de la dictadura. El derecho al aborto era un asunto que no contaba en las agendas políticas salvo en los espacios que ocupaban los grupos feministas que hacían visibles las reivindicaciones de las mujeres más allá de lo que la izquierda tradicional consideraba aceptable, que era entonces bastante poco. En Alicante habiamos constituido un grupo de mujeres Grup de Dones que se coordinaba con otros grupos de la vega Baja, del Vinalopó, de Elche, de Valencia, de Madrid, a través de la Coordinadora Estatal de organizaciones Feministas: éramos pocas pero conseguíamos un cierto eco de nuestras reivindicaciones. En aquellos pequeños grupos de trabajo nos empeñábamos, como ahora, en visibilizar los derechos en  femenino: los sexuales, los domésticos, los laborales, el derecho a la palabra, el derecho a la salud, al aborto, al divorcio…
Esto ocurrió.

Llegó a casa Ramón, de 15 años. Era, es, el hermano pequeño de una amiga de Universidad. Vino con una compañera de clase que rondaba la misma edad que él. Dijo él que necesitaba que le echara una mano, que tenían un problema. Mientras él balbuceaba el problema, me pidió si Manuela podía echarse un rato, que se sentía mal. Era evidente que no sabía por dónde empezar, ni cómo decirme lo que había ido a contarme.
–¿Que le ocurre? ¿No ha dormido? ¿Se ha ido de casa? ¿Ha tomado algo?
Manuela parecía desfallecer y el tampoco tenía buena cara.
Mientras hablaba Ramón, Manuela se tambaleaba sentada a su lado en el sofá; dijo que no había bebido , no había bebido alcohol.
Ramón la había convencido para que vinieran a verme. Necesitaban ayuda, dijo, para que ella pudiera abortar. Pero lo que resultaba obvio es que a ella le pasaba algo más que un embarazo. Después de un largo circunloquio se atrevieron a contarme que Manuela había tomado pastillas. ¿Qué pastillas? ¿Cuándo?  ¿cuántas? No había tiempo para explicaciones.
Aquella criatura estaba bajo los síntomas de una sobredosis, pero además, en el patio del colegio, había pedido a los compañeros que la golpèaran en el vientre, como jugando, y además, llevaba más de dos semanas dándose friegas de vinagre y metiéndose hiervas en la vagina…
Necesitabamos un médico, ingresarla, que le hicieran un lavado de estómago y necesitábamos avisar a sus padres, justo aquello que ella había tratado de evitar. Ella, la joven Manuela, la mayor de cuatro hermanos, de una familia humilde, con una hermana pequeña síndrome de down no quería añadir una carga más a su familia. Y en aquel momento estaba a punto de perder la vida.

Funcionó nuestra red de contactos. Logramos  un servicio de urgencias, un médico amigo, hablamos con su familia y Manuela abortó mientras estuvo ingresada sin que tramitaran ninguna denuncia contra ella. Ellos también arriesgaron. Tuvo suerte Manuela, salvó la vida y se salvó de una condena penal. Yo misma  fui a informar a su madre de lo ocurrido.
Sin medios, sin apoyos, sin información, cargada de miedo, Manuela había buscado a ciegas una salida en un mundo que, entonces, le cerraba todas  las puertas legales.
Ser madre o decidir abortar son decisiones esenciales para cualquier mujer. Y ambas marcan toda su existencia. Manuela se recuperó, siguió sus estudios, se puso a trabajar y al poco constituyó una familia. Nunca más he vuelto a verla. Pero sé que aquel momento trascendental en el que su propia vida corrió peligro dejó una huella profunda en su memoria. Su decisión, también.  Dueña de su cuerpo, responsable de sus decisiones, con las renuncias, que se sintió capaz de asumir.
El debate del aborto pone sobre a mesa cuestiones esenciales de la vida, de la salud, de la moral de cada cual. Me ha traido a la memoria aquel momento trágico de aquella pareja de adolescentes que ya son personas mayores como yo, Ramón y Manuela.

Escucho los escrúpulos de quienes consideran que las jóvenes de 16 años no deberían decidir sin informar antes a los padres. Trato de entender sus miedos. Pero deben saber –y lo saben si son madres o padres– que las jóvenes, llegado el momento tratarán de tomar sus propio camino. Y que nadie podrá sustituirlas  para continuar sus embarazos o para abortar. Que las hijas quieran informar sobre su estado diga o que diga la ley quedará a su propio arbitrio, como ocurre ahora mismo.
¿Qué habría hecho la madre de Manuela? No lo sé. Aquella sociedad perseguía con cárcel a quienes abortaban y sólo tenían acceso a la interrupción del embarazo quienes tenían sufientes apoyos, dinero y/o contactos adecuados. Lo cierto es que Manuela no se atrevió a hablar con ellos entonces. ¿Falta de confianza? ¿Miedo? ¡Qué más da!
¿Acaso no hemos sido también jóvenes? ¿Qué hubiéramos hecho? Recomendar a las jóvenes que consulten con los padres no es lo mismo que obligarlas a que cuenten con su consentimiento. Porque lo que a mi modo de entender lo que debe garantizar la ley es el derecho de las mujeres a  ser madres, si así lo deciden, o a interrumpir un embarazo no deseado. Ninguna mujer debe abortar ni ser madre por la decición de otras personas que no sean ellas mismas.
En treinta años de democracia, las mujeres hemos conquistado espacios y derechos. Uno de ellos, esencial, es el derecho a abortar sin poner en riesgo la libertad ni la propia salud. Me felicito por ello.

Otro asunto es las consecuencias de nuestras decisiones: las responsabilidades que nos corresponden y que acarreamos toda la vida por acción o por omisión. Asunto que tiene más que ver con la educación, con la capacidad social y familiar de ayudar a las jóvenes a hacerse responsables de sus acciones.
El asunto es bastante complicado. Porque ante un embarazo deseado a los 16 años,  ¿a donde nos conduce la ley si no pone la decisión en manos de la joven? A que puedan los padres inducirla  a abortar? O ante un embarazo no deseado ¿ a que puedan los padres inducir a su hija a ser madre? la trascendencia de ambas decisiones es de tal envergadura para sus vidas que no me cabe duda de que son ellas las que deben asumirlas con todas sus consecuencias.


Lo que permite la ley española a las menores de 16 años
(El País, Cristina Castro 13,03,2009)
– Un contrato laboral de jornada completa.  La educación obligatoria llega en España hasta los 16 años. A partir de entonces las menores pueden trabajar a jornada completa.

– Tener relaciones sexuales con un adulto. El Código Penal establece que a partir de los 13 años los menores pueden tener relaciones sexuales consentidas con adultos (aunque está previsto que el Gobierno aumente próximamente la edad mínima a los 14).

– Dar el consentimiento para cualquier operación quirúrgica. La Ley de Autonomía del Paciente establece la mayoría de edad sanitaria en 16 años, por lo que el menor no necesita autorización legal para someterse o rechazar tratamientos. Hay tres excepciones: aborto, reproducción asistida y participar en ensayos clínicos.

– Contraer matrimonio. El Código Civil establece que los jóvenes pueden casarse a partir de los 16 años, pero también desde los 14 si se tiene la dispensa de un juez.

– Conducir un ciclomotor. Los jóvenes pueden conducir, a partir de los 15 años, un ciclomotor de menos de 50cc (aunque no llevar a un pasajero; en septiembre de 2008 esta posibilidad pasó de los 16 a los 18 años).

– Tener responsabilidad penal. La Ley del Menor establece que a partir de 14 años los menores tienen responsabilidad penal.

Las menores de 16 años no pueden:

– Comprar tabaco. Los menores de 18 años no están autorizados, según la Ley 28/2005 a comprar tabaco.

– Comprar ni consumir alcohol. Los jóvenes no están autorizados a comprar o consumir alcohol ni a entrar en discotecas donde esté a la venta.

– Ponerse un piercing o hacerse un tatuaje. Los menores de edad necesitan un consentimiento informado de sus padres o tutores.

– Abrir una cuenta bancaria o contratar una hipoteca. Los menores no emancipados necesitan autorización paterna para realizar éstos y cualquier otro tipo de contrato legal, aunque sí pueden estar trabajando y cobrando un sueldo.

– Conducir un coche. A diferencia de en otros países, donde desde los 16 años es posible conducir solo o acompañado de un adulto, en España tienen que esperar a la mayoría de edad para poder conducir un coche.

– Votar. Hasta cumplir 18 años en España no es posible elegir a los gobernantes (algunos partidos políticos han pedido en ocasiones que se rebaje el límite a los 16 o 17 años).

– Adoptar. Pese a que se puede estar casado, en España no se puede adoptar hasta los 25 años.

Y para que en el debate no falten buenas historias os propongo dos películas. Una, del rumano Cristian Mungiu, que hace 2 años se llevó la Palma de Oro de Cannes por 4 meses, 3 semanas, 2 días.

Ambas sobre el aborto clandestino. La primera, situada en la Rumanía del presente. La segunda de 2004, El secreto de Vera Drake, del británico Mike Leigh, situada en Londres en 1950.
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2 Comentarios a “Manuela tenía 15 años.”

  1. yossy dice:

    tengo 15 años tengo 1 mes de embarazo pero lo k pasa noce k hacer abortar o tenerlo hable con mi enamorado y me dijo k es yo mismo tengo k tomar esa decicon si lo tendria va estar conmigo en todo momento pero lo malo es k tengo miedo de decirlo a mi mama lo k esta pasando no se k hacer ayudameeeeeee……

  2. llum dice:

    No sé en q país estás, ni si tu derecho a decidir ser o no madre está protegido por la ley. Ese es un asunto muy importante porque si decides no seguir adelante con tu embarazo debes saber donde y a quien dirigirte. Es normal que tengas miedo; busca apoyo de alguna mujer mayor en la que confies y le cuentas lo que te ocurre. Tal vez conozca ella, o alguien cercano, a algun grupo de mujeres que te puedan ayudar, dar información de que pasos dar. Tu mamá se preocupara cuando le cuentes pero tu mamá te comprenderá y podrá ayudarte a tomar la decisión que tu asumas ya que esa decisión será determinante en buena parte de tu futuro.
    Te mando mis mejores deseos.

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