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Elecciones al Parlamento Europeo desde detrás de la URNA

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Elecciones al Parlamento Europeo, Alicante.
El sol luce desde primera hora. 23ºC para un día playero.
A las 7,45h de la mañana había  despiste, algo de desconcierto, de tensión mientras  cada quien de los designados para constituir las mesas electorales,  buscaba su lugarl. Un cura joven, que lucía su magisterio en el cuello, se presentó como sustituto del presidente que tardó en llegar unos minutos y la gente se dirigía a él.

–Soy el vocal de la mesa, 17 A ¿Es aquí?

El cura levantaba los hombros. –Ni idea, ni idea, yo también busco a los míos, de la mesa, 17 B.

Al final, todos se encontraron y los sustitutos se volvieron a casa, incluido el joven sacerdote, que volvió más tarde para votar.
Todo funcionó: La mesa a la que asistí, la 24, B, de la calle Jaime Segarra, reunió pronto a todos su componentes y colocó su infraestructura: mesa, carteles identificadores, papeletas. El Presidente, un joven profesor de Humanidades de un colegio concertado, y dos vocales jóvenes, varones; uno recien cumplida la mayoría de edad, llevó sus apuntes de filosofía y entre voto y voto, en los largos espacios que ocupó la abstención, repasó a Platón. El segundo vocal, ingeniero, tuvo tiempo de trabajar, a pie de urna, con su ordenador para terminar un plano de reforma interior de una farmacia que tenía que entregar el lunes.
Cuando dieron las 9 de la mañana, había ya una pequeña cola de votantes. A la mesa 24 B llegó la primera, una mujer de nombre Humildad. Y voto tras voto se cumplieron las normas.  El presidente ejerció con autoridad su tarea, constituir la mesa, abrir la urna, comprobar los nombres de cada uno de los votantes, confirmarlo con los vocales, con los interventores. E introdujo uno a uno los votos que le entregaban a la vez que decía sus nombres. Dos o tres horas de voto continuado por la mañana y lo mismo, algo más breve, por la tarde. El resto, tiempo bueno para corregir exámenes, que fue lo que hizo el presidente, que tenía que presentar notas el lunes en su colegio; sin abandonar la mesa, por supuesto.
La jornada resultó laboriosa.
La gente llegaba calurosa y la mayoría prostestaba: El colegio electoral había cambiado de lugar y  les quedaba lejos, más lejos de sus casa de lo habitual. Y el electorado en esa zona, mi barrio, ronda una media de edad que pasa los sesenta años. Sólo 5 votantes menores de 20 años.Y la inmensa mayoría mayores de setenta.
–¡Otro año no vengo!
— ¿Cómo que nos mandan aquí?– le decían a los miembtros de la mesa, que nada sabían de las razones del cambio de sedes electorales.
–Eso de Europa está muy lejos, nena, yo vengo para apoyar a Zapatero–, le explicaba una señora bajita que se apoyaba en su muleta a una apoderada del PSOE. A su lado, la que decía ser su vecina, afirmaba que ella estaba con Rajoy, “aunque este hombre es un blando”.
El día pasó sin incidentes dignos de mención más allá de lo correoso del pan de los bocadillos que el Ayuntamiento distribuyó entre los responsables de las mesas y la falta de sustancia de la tortilla de patatas. Dos jóvenes de 18 años votaron por primera vez y se hicieron una foto con la urna.
Cuando llegó el escrutinio los votos se resistieron a cuadrar. Uno bailaba. Una hora para volver a contar votos, sobres, votos en blanco hasta que apareció el  camuflado.
La mayoría se fue para el PP; con distancia el PSOE y después el Partido de Rosa Díez que siguió de cerca a  Izquierda Unida; algunos votos para los verdes, cinco votos en blanco,  votos para  La Falange Tradicionalista,  para el Bloc  y uno, un voto para el Partido Antitaurino, que, por ser el último, recibió una ovación. No en vano estábamos junto a la plaza de toros. La abstención ganó las elecciones sin presentar candidatura. Pero de todos es sabido que no tiene turno de palabra ni representación parlamentaria.
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¿Medio llena o medio vacía? La abstención ocupa su lugar. Y a veces,  más que los sobres cerrados. En esta mesa, se alcanzó el 50% de participación.
Al terminar el día,  las salas se quedaron repletas de papeletas huérfanas.   Las radios y los canales de TV conectaban con las sedes de los partidos y  con los portavoces del Gobierno.  Los carteros y quienes había ejercido la presidencia de las mesas se dirigían a entregar las actas, la jornada había llegado a su fin. Sus consecuencias comenzaban a materializarse.

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