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Verlas y nombrarlas

AH.jpgRevista Andalucía en la Historia, Junio, 2009

Verlas y nombrarlas

Dejar lugar a la luz

(…) El relato frío de la guerra, de las batallas, de las razones políticas puestas unas delante de las otras, no son suficientes. Hay que contabilizar, documentar, corroborar: pero hay que ir al fondo, allí donde lo oscuro y turbio deja lugar para la luz. Allí donde nos alimentamos cada día y nos abrigamos por las noches.

Que el tiempo de sosiego nos sirva para aceptar lo que somos, lo que fueron; para descubrir las luces cegadoras y las sombras que atravesaron nuestra madres, nuestras abuelas, nuestras deslumbrante bisabuelas; madres cuando el hambre se entretenía y  resultaba imposible estrenar un vestido el domingo de Ramos ni ningún otro domingo.

Individuas de dudosa moral dice Pura Sánchez en su libro, citando las condenas de los vencedores. Si, señoras y señores. Nuestras valerosas antepasadas mujeres de dudosa moral, benditas sean.

Es hora de reclamar incluso su derecho al silencio, ese que ha parido nuestro deseo de saber. Es hora de aceptar el espacio inacabable que ocupan las historias no contadas. Y contarlas.

La literatura de la derrota está llena de páginas repletas de belleza dolorosa. Teresa de León las escribió desde el exilio en su Memoria de la Melancolía:

Contad vuestras angustias del destierro – dijo allá, por los años sesenta desde Roma–. No tengáis vergüenza. Todos las llevamos dentro. Puede que la fortuna os haya tendido la mano, pero ¿y hasta que eso sucedió? Contad vuestras noches sin sueño cuando ibais empujados, cercados, muertos de angustia. Habéis pertenecido al mayor éxodo del siglo XX. Ha llegado el momento de no tener vergüenza de los piojos que sacábamos entre el pelo ni de la sarna que nos comía la piel ni de la avitaminosis que nos obligaba a rascarnos vergonzosos en el cine. Nos habían sacrificado. Éramos la España del vestido rojo y la cabeza alta. Nos rascábamos tres años de hambre y buscábamos una tabla
para sobrevivir al naufragio. Contad cada uno el hallazgo de vuestra tabla de naufragio. (…) Sí, desterrados de España, contad, contad lo que nunca dijeron los periódicos, decid vuestras angustias y lo horrorosa que fue la suerte que os
echaron encima. Que recuerden los que olvidaron.

Pero hay miles de biografías, de relatos, de testimonios, de investigaciones publicadas contra viento y marea. Una de ellas, de valor sobresaliente fue el trabajo realizado por una presa iletrada, brillante y testaruda, por nombre Tomasa Cuevas que murió hace apenas 2 años. Ella sin más apoyo que su propia decisión, recién llegada del exilio, en los años setenta, se puso a la búsqueda de sus compañeras de prisión, para reunir sus testimonios en un libro que editó ella misma, a mediados de los años ochenta. ¿A quien le interesa la historia de las presas de Franco?, decían las entrevistadas. Y Tomasa Contestaba: A mi, a mi me interesa.

Las buscó, las encontró, las entrevistó y transcribió una a una sus palabras, sus nombres, sus condenas, su turismo carcelario.
A mi, a mi me importa,
decía Tomasa.

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