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II Seminario Internacional de Derechos Humanos, Universidad Autónoma Colombia

Los pasados días 8 y 9 de noviembre, se celebró en Bogotá, organizado por la Facultad de Derecho de la UAC, un seminario internacional titulado: “La vida de las víctimas entre el olvido y la memoria” al que fui invitada para dar una conferencia sobre la memoria del franquismo. Esta fue mi intervención:

Vengo a contarles una historia cuyo fin no está escrito todavía. Vengo a hablarles de una herida abierta en la sociedad a la que pertenezco.
¿Qué es lo que pasa en España con el franquismo?
¿Cómo es posible que después de treinta años de democracia sigan en España dándole vueltas al pasado? ¿Que ocurre con la Justicia española y las víctimas del franquismo?
He tratado de ponerme en la cabeza de ustedes y de hacerme esas preguntas que se hacen perplejos tantos demócratas en el mundo.
¿Qué les pasa a los hombres y mujeres españoles con la memoria del franquismo?
¿Pero no se habían reconciliado durante la Transición? ¿Aquel paso de la dictadura a la democracia que presentaron ante el mundo como un modelo pacífico de cambio? ¿Era un modelo? Tal vez la transición  fue sólo, y ni más ni menos, la única manera de salir de aquella insidia.
Decía Heráclito que nadie se baña dos veces en el mismo río.
Y me viene la cita a cuento de que la sociedad española –como toda sociedad– es ese río en permanente cambio. Y es en esa permanente transformación dónde debemos reconocernos.

La necesidad de ponerle palabras donde había silencio viene en gran medida de la mano de nuevas generaciones,  crecidas ya en democracia, que  han tratado de saber y de manejarse con la herencia de silencios, de olvidos, de glorias antiguas que ahora suenan a cartón piedra.

Voy a referirme a los porqués pero, sobre todo, quiero hablar del para qué, porque estoy aquí apostando por la esperanza.

Mirar hacia la solución, hacia la vida.

Cada generación tiene el derecho y la obligación de comprometerse con su presente y ajustar cuentas para seguir adelante. Para eso, para seguir adelante, sin dejar más muertos por el camino. Una nación, un país, una sociedad no se hace de una vez por todas y para siempre. Las realidades, las estructuras, los conceptos cambian y cambian las maneras de afrontar la vida en común; a veces, las gentes soportan  tiranías pero de vuelta, el río recobra fuerzas y las sociedades reclaman equidad y justicia para todos y es entonces que el poder  se tambalea buscando un nuevo equilibrio. Los himnos viejos entonces ya no sirven aunque la música nos anime, la letra ya no vale para el presente y hace daño escucharla.

Las glorias, los éxitos unen pero unen más los sufrimientos, los duelos porque obligan más, comprometen más, reclaman un esfuerzo común –como decía el historiador francés E. Renan –en su conferencia ¿Qué es una nación?, dictada en la Sorbona en 1882 a propósito de su definición de nación, allá a finales del siglo XIX.  Y eso  de los sufrimientos que unen vale para vida doméstica, para el amor cotidiano, familiar y vale para la vida pública.

Cada sociedad trata conseguir un consenso sobre cómo gestionar su presente, sus asuntos pendientes. La memoria es un calidoscopio de memorias que tratan de abrirse paso.

Ninguna generación nace por esporas.

Los desvelos de las mujeres y de los hombres que nos antecedieron nos han hecho lo que somos. No hay borrón y cuenta nueva. Ni glorias que supriman los agravios ni  acuerdos que acallen el dolor de los vivos por los desaparecidos y por los muertos,  abandonados en fosas comunes.  Cada generación debe manejarse con su presente y con el inmenso legado de los suyos. Y aprender que la causa del pasado no es la de hoy porque el presente es la responsabilidad de los vivos y no de los caídos.

Ninguna reparación devolverá la vida a nuestros muertos, ni evitará el dolor de tanta pérdida. La España de hoy no dirime en las trincheras su presente ni su memoria. Seremos más fuertes si recomponemos los puentes destruidos y escuchamos las palabras  silenciadas, el dolor viejo que se quedó encerrado. Tras la ira, podremos así tomar nuestro propio camino.

Las generaciones que hicieron la Guerra Civil en España afrontaron un esfuerzo brutal, sangriento, terriblemente doloroso.  La paz –la paz de los cementerios se decía entonces en voz baja–  llegó de mano de una dictadura funesta que se impuso el objetivo de eliminar de pleno la disidencia: es decir eliminar física y políticamente a millones de personas.  Tras la experiencia de la guerra, llegó la derrota de la democracia y del estado de derecho. Con la muerte de Franco, en 1975, se comenzó a intuir la posibilidad del cambio.

La Historia de la humanidad  hasta el siglo XX está construida a partir de las glorias y de los héroes de los vencedores. Los derrotados se les denomina desde el estigma,  villanos, bandoleros, bandidos, piratas,  terroristas, prostitutas y sus actos, son siempre tildados de pillaje. En el devenir de la historia a la que pertenecemos, los héroes y lo villanos, las glorias de los vencedores y los castigados, han sido tradicionalmente varones. Salvo excepcionales ocasiones, las grandes gestas han pasado a la historia como si las mujeres no hubieran estado allí. Pero estaban. Limitaciones interesadas de una percepción interesada que prefiere no dar cuenta de los delitos cometidos a cuenta siempre de un bien superior.

¿Acaso matar al otro, al que mató, no nos convierte en un ser igual a él?

Los daños colaterales, que diría Bush, no hace tanto tiempo.

Colaterales ¿Para quién?

Los medios sí que importan.

Por eso reclamamos un estado de derecho para todos, para los victimarios y también para las víctimas.

Pero he dicho que iba a contarles una historia.  Vayámonos para atrás en el tiempo.

En 1936 un golpe militar, acaudillado por algunos generales, entre ellos, Franco, triunfó en algunos cuarteles españoles contra un gobierno democrático. Por segunda vez en la historia española, una república democrática, abierta, que se declaraba laica gobernaba los destinos de un país, entonces atrasado, en el que los sectores más conservadores del poder económico, la iglesia católica más clasista y la aristocracia terrateniente resistían el avance de las ideas democráticas. España era un territorio en el que la inmensa mayoría vivía en la pobreza. Estaban en juego el poder y los recursos y una vida más digna para la inmensa mayoría.

La guerra terminó en 1939, casi  tres años después…. ¡Ay de los vencidos!, advirtieron los fascistas españoles, igual que hacían los romanos con solemnidad a sus enemigos.

¡Ay de los vencidos!

Mientras los golpistas contaron con el apoyo de la Alemania de Hitler y de la Italia de Musolini, a la República, los gobiernos demócratas le negaron el soporte: lo llamaron Política de no intervención. El miedo al nazismo y al fascismo atenazaba también a los gobiernos y dejaron sola a la joven República, desabastecida de alimentos y de armas para defenderse.

Sólo la URSS vendió armas a la República española y la izquierda del planeta se solidarizó con la resistencia de quienes en España luchaban contra el fascismo. Para apoyar la llegaron hasta España miles de jóvenes, hombres y mujeres, para alistarse en las Brigadas Internacionales.  Como soldados, como enfermeras, como periodistas…para contar, para luchar, para narrar…

Según los golpistas ocupaban las ciudades, aquellas personas que habían tenido un papel en la vida política, cultural o pedagógica  eran detenidas,  fusiladas, desaparecidas. En febrero de 1939, a las puertas de la victoria definitiva del fascismo, el gobierno de Franco dictó la Ley de Responsabilidades Políticas: cárcel, destierro, destituciones, inhabilitaciones, multas, confiscaciones de bienes. Tras la guerra, la represión continuó año tras año. Más cárceles, más muertos.

Aún hoy, setenta años después del final de la guerra y 36 años después de la muerte de Franco, en España estamos haciendo la lista de las víctimas que suman  los cuatro millones, según los datos elaborados después de la última ley de 2007, que trata de reconocer los derechos de los agraviados.

Familias rotas, exilios, niños y niñas arrancados de sus familias y entregados a familias del régimen, … la represión atravesó de pleno a toda la sociedad española con tan buen tino, que en 1975,  Franco estaba a punto de morirse y seguía firmando sentencias de muerte.

Al dictador le siguió un franquismo sin Franco.

¿Qué pasa con la memoria del franquismo, con las memorias de sus víctimas?

La guerra terminó en la ciudad de Alicante, mi ciudad, dos años y nueve meses después del golpe militar, en abril de 1939. Alicante fue la última ciudad republicana en caer. Hemos tardado años en saber la historia pero en la ciudad todavía, ni una referencia a los hechos, ni un espacio de recuerdo a la derrota, al dolor, un homenaje a la libertad que ahora disfrutamos y por la que lucharon aquellos  derrotados. Los protagonistas, los testigos, no hablaban de lo sucedido. El silencio como arma, como aliado.  Mis abuelos jamás me hablaron de ello y mi madre apenas hace diez años que comenzó a contarme sus recuerdos  en una ciudad aterrorizada. Ella, que entonces era una niña que despuntaba su adolescencia.  Los barcos que no llegaronlos primeros campos de concentración… los tiros en la nuca,  el rumor de una multitud y el silencio guardado durante décadas. Dolor y terror impuestos.

¿Qué ocurre con la memoria de los españoles?

Les contaré que crecí en una sociedad en la que había palabras que no se podían pronunciar: una de ellas era rojo, que se sustituía por encarnado. O ruso, por eso, a la montaña rusa se le llamaba suiza y a la ensaladilla rusa, se le llamaba ensaladilla nacional.

Era el aterrizaje esperpéntico de una sociedad construida sobre la eliminación de la disidencia, la destrucción de los derechos de las mujeres y el terror generalizado, un terror  avalado por la iglesia católica que aplaudía los crímenes cometidos.

Un terror que devolvió a las mujeres a la casa bajo el mandato político de Pilar Primo d Ribera, presidenta de la Sección femenina, organización del estado encargada de la formación de las mujeres,  que decía en sus discursos cosas tan lindas como esta:

Las mujeres nunca descubren nada nos falta el talento creador reservado por Dios para inteligencias varoniles.

Crecímos en esa sociedad gris, mutilada.

Durante cuarenta años, la dictadura campó por sus respetos. Pero muerto Franco y debilitado el franquismo, la Transición a la democracia  se presentó al mundo como un modelo impecable de consenso: las voces disidentes entonces se acallaron entorno a un gran acuerdo que firmaron las principales organizaciones de izquierda, algunas fuerzas liberales, la socialdemocracia y los propios herederos del franquismo, que se sumaron en partidos políticos –que ellos habían negado– a la nueva sociedad.

No habría ruptura con el franquismo. Se habló de Reforma. Reforma democrática.   Claro que  a costa de no pedir reclamaciones, ni cuentas,  ni reparaciones. Como si fuera posible empezar de nuevo.

Borrón y cuenta nueva, se decía.

Hasta los años sesenta hubo en España campos de trabajo forzados, los presos de Franco construyeron puentes, trasvases, caminos, mano de obra esclava echada en el olvido, como si nada. Presos esclavos sin voz, sin memoria, invisibles antes y después.

En 1977 se aprobó una Ley de Amnistía: su objetivo, lograr la excarcelación de los presos y presas anti- franquistas, permitir la vuelta del exilio de los supervivientes.

De memoria, nada. Mejor no recordar.

Borrón y cuenta nueva.

Dice el historiador  Santos Julià que la memoria de las víctimas se echó en el olvido, lo que no significa que se olvidara. Se corrió un tupido velo y los horrores del franquismo, apenas se nombraron. Los victimarios desaparecieron del debate político y las víctimas seguían sin fuerzas para nombrarse así mismas en público.  Eso sí, la ley de amnistía extendía sus beneficios a los funcionarios, autoridades y agentes del orden público del franquismo.

La Constitución de 1978 se elaboró por un puñado de expertos que se movían de puntillas en un territorio minado por el aparato franquista: desde la judicatura a los claustros universitarios, desde el ejército a la policía, todo aparato del estado estaba en manos de quienes habían servido y crecido al albur de la dictadura. Y ahí siguieron, vigilando el cambio: aquello que también describió Lampedusa,  en el Gatopardo, que todo cambie para que todo siga igual.

Esa fue la Transición española, una especie de espejismo de reconciliación—lo sabemos ahora– en la que los derrotados –o mejor dicho, quienes hablaban en su nombre—no pedían cuentas ni reparaciones, ni responsabilidades, ni depuraciones. Deslumbrados por la posibilidad real del poder,  por la necesidad de un marco de libertades, se acalló a la disidencia y de nuevo, la memoria quedó –si acaso– para uso doméstico y a veces, ni eso.

Borrón y cuenta nueva.

Y así nació la democracia, entusiasta y débil: y dio a luz  una sociedad dañada, sedienta de paz, de estado de derecho, acostumbrada a esperar, a convivir con el silencio.

¿Son sinónimos –pregunto– justicia y estado de derecho?

La España posfranquista necesitaba un estado de derecho.

En 1981 sucedió un nuevo intento de golpe de estado; la guardia civil se lió a tiros en el parlamento español y en algunas ciudades, los carros de combaten salieron a la calle. La sociedad española quedó consternada, estremecida con la posibilidad de una nueva dictadura. Quienes desde posiciones más radicales, albergaban  la idea de persistir en la reclamación de una necesaria ruptura, con el aquel intento de golpe se convirtieron  en sospechosos, en desestabilizadores.  Cuenta el magistrado del Tribunal Supremo, Martín Pallín, en un artículo publicado en El País

que,  tras la derrota del golpe militar, se propuso en la fiscalía de Madrid la redacción de un manifiesto entre fiscales de apoyo a la democracia. De veintisiete, sólo tres apoyaron la idea.

La Transición fue el resultado de una correlación de fuerzas en las que las organizaciones democráticas y aún mas las que pugnaban por la ruptura,  padecían de una  extrema debilidad.

Fue una democracia vigilada. Pero fue la democracia posible.

Recuerdo  a mi madre: no digas, no hagas, no vayas… Te echarán, no te darán trabajo, te señalarán…de fondo el miedo sordo, el miedo aprendido, el miedo de siempre.

Me viene a la memoria una cita de una conversación entre dos niños mexicanos que leí hace poco en un informe de la Cruz Roja: uno algo mayor le decía a otro más pequeño.

–¿Qué te pasa?

–Tengo miedo

— Porqué tienes miedo?

–Porque mi mamá tiene miedo.

Y si tienes miedo es que eres sospechoso. Esa era la lógica. La España de la transición fue una sociedad sedienta de libertad y con miedo, como ese niño; heredera del miedo, tratando de salir de él.

Dijeron entonces: Borrón y cuenta nueva.

Se trataba de sumar. De crear nuevas instituciones sin pedir cuentas. Quienes habían  detentado el poder durante cuatro décadas seguían ahí, sin que nadie les cuestionara su autoridad, sus bienes,  tantas veces logrados a costa de las víctimas, las víctimas del franquismo.

Pero la vida continua y las cuentas que no se habían saldado seguían pendientes. Y llegaron a las universidades, a las fábricas, a los medios de comunicación los hijos e hijas, los nietos y nietas de las víctimas y de los vencedores. Y de nuevo la memoria reclama su propio espacio, a tientas todavía, ahora ya de la mano de generaciones libres de la experiencia del terror de la guerra y de la dictadura.

Treinta años de democracia sin darles la palabra a las víctimas. Casi sin sacarles del baúl de los bandidos.

Aún hoy, en España, en las escuelas apenas se estudia la historia del siglo XX y se pasaba de puntillas sobre la República y el franquismo.

Dos o tres generaciones apenas tienen información sobre la dictadura y sus consecuencias y apenas saben quien fue Franco.

Les contaré, que estuve en una escuela de secundaria para dar un taller sobre la memoria de la dictadura. Les pregunté a los estudiantes, qué sabía de la guerra, del franquismo de lo que había pasado en sus familias, en su ciudad. Señalé a un joven.

No—dijo–, yo no se nada. Pero es que yo no soy de aquí.

En esa escuela había tantos alumnos extranjeros que lo confundí con un colombiano.

¿Eres de Colombia?, le dije.

–No soy de Albacete, me contestó.

Y le informé que Albacete había sido sede de las Brigadas Internacionales y que tras la victoria  de Franco miles de personas fueron fusiladas…

Ese joven se calló. No tenía ni idea.

Volví varios meses después para retomar la investigación sobre sus propias pesquisas.

Me encontré con el joven adolescente transformado.

Había preguntado en casa y había sabido, que su abuelo materno estaba enterrado en una fosa común. Ahora, sabía más de la historia, estaba más interesado por la democracia,  por la propia historia y valor de su gente, de su valiente abuela que había mantenido a sus hijos sola, empobrecida  y estigmatizada.

¿Por qué está resultando tan difícil el acceso a la memoria, a los hechos?

En las Universidades, los historiadores y las historiadoras han realizado un trabajo extraordinario, repleto de dificultades, porque el acceso a los archivos ha estado vedado o plagado de obstáculos; aún hoy los archivos militares no son del todo accesibles.  De su mano y de la mano de periodistas e investigadores se ha dado la palabra a las víctimas, han escuchado sus testimonios, se ha visibilizado los campos de trabajo, los niños robados, la historia de las mujeres a quienes se rapó la cabeza y se las paseó por sus pueblos, después de hacerlas beber aceite de ricino.

Pero el parlamento – ¡ay el parlamento!—no ha sido capaz de hincarle el diente a la memoria de las víctimas y señalar a los victimarios. Y la derecha española, tan sensible: sin querer– dicen — abrir viejas heridas.

A final de los años noventa un  juez español, Baltasar Garzón se convierte en valedor de la justicia universal, del derecho Penal Internacional. Con su intervención, se procesa por delitos de lesa humanidad  a Augusto Pinochet y se abren causas contra otros militares de la dictadura argentina.   Un paso tan firme como en falso, un movimiento que  escenificaba eso que dicen los evangelios de la paja en el ojo ajeno.  Mientras la causa avanzaba, la viga seguía sin dejarnos ver. Pero la paradoja se estaba escenificando.

Garzón se preparaba el camino de vuelta a casa…

En 2007, el gobierno socialista de Rodríguez Zapatero aprobó una ley que la calle y los medios  de comunicación llamaron de memoria histórica pero que es una ley de reconocimiento y de ampliación de derechos de las víctimas.

En palabras del presidente Rodríguez Zapatero en el parlamento:

“Recordemos a las víctimas, permitamos que recuperaren sus derechos y arrojemos al olvido a aquellos que promovieron esa tragedia en nuestro país”.

De vuelta los victimario innombrables.

Y volvemos a Baltasar Garzón, que fuera faro del derecho internacional. Por su acción,  los derechos humanos se convierte en objetivo político de dos  organizaciones ultraconservadoras  que le acusan de prevaricación por iniciar, en octubre de 2008, una investigación sobre las desapariciones de más de cien mil republicanos que yacen en fosas comunes –casi 3.000-repartidas por toda la geografía española– y sobre el destino de 30.000 niños y niñas arrebatados a sus madres en las cárceles, para ser entregados a familias de los vencedores.

Como dice el Magistrado del Tribunal supremo, Martín Pallín, “si las cartas de la historia se hubieran barajado de distinta forma no hay duda de que el sitio del dictador hubiera sido el banquillo de un Núremberg español. Si esos asesinatos masivos se hubieran ejecutado en nuestros días su destino hubiera sido la Corte Penal Internacional. Pero tenemos otra historia que aún convive con leyes aberrantes”.

Y andamos en la sociedad española, a tientas, abriendo fosas, peleando por darle nombre a los horrores vividos, por hacerlos verdad en la memoria. Y atravesando el terrible momento en el que el juez Garzón es acusado de prevaricación  por tratar de acercar  la Justicia a la altura de la verdad, de los victimarios y de las víctimas, de un estado de derecho.

No somos ajenos a aquel pasado. Somos hijos e hijas de ellos. De los derrotados y de los vencedores, a veces juntos en nuestra propia sangre. De quienes todo lo perdieron   y de quienes se beneficiaron de la victoria del terror.

Nos corresponde poner orden en la casa. Y asumir las responsabilidades que correspondan, también si los nuestros se beneficiaron de las víctimas.

Recuerdo a Plácida Armengol, una anciana de un pueblo aragonés llamado Aguaviva. Me contó hace algo más de 10 años, que se había casado con un hombre que no era de los suyos porque los suyos, estaban todos muertos, en la cárcel o en el exilio. Todos.   Placida tuvo un hijo y guardó silencio sobre su historia, como los soldados que vuelven del campo de batalla, se mantuvo muda, de los horrores experimentados. A ella le raparon la cabeza,  la pasearon y durante décadas vivió señalada por sus vecinos como una bandida a la que se le permitía seguir viviendo, siempre que se mantuviera callada.  Su hijo conoció su historia cuando la publicaron un grupo de jóvenes estudiantes de la Universidad de Zaragoza. Una sirvienta que se sumó a la colectividad en tiempos de guerra y que quiso para ella y para los suyos un mundo de mayor equidad.

La sociedad española debate por un nuevo consenso que a penas alcanza la vida política. La derecha española insiste: no hay que abrir las heridas. Pero se equivocan. Las heridas están abiertas. Para cerrarlas hay que afrontar la verdad públicamente. Y que cada cual asuma su herencia y ajuste cuentas con su historia en la que todos estamos unidos para siempre. Porque el dolor une más que la felicidad, como decía Renan.

Nuestra historia no es una historia ejemplar, es solo la nuestra. El difícil recorrido hacia  una sociedad que respete los derechos humanos debe replantearse en cada generación. El silencio ha sido en nuestra historia un arma para las víctimas, a veces, la única. Honremos entonces ese silencio si les ayudo a sobrevivir.

Pero ha llegado el tiempo de la palabra. No es el momento de juzgar el pasado, sólo de reconocerlo. Centremos nuestros esfuerzos en juzgarnos a nosotros mismo. La vida, como el río, sigue y yo me coloco de su parte, asumamos nuestra responsabilidad, avancemos con ella. Saquemos la lección de la historia, resolvamos nuestros asuntos con la vida por delante.

¿Llegará la Justicia española a someter su memoria a la Justicia internacional?  Nadie sabe todavía cuales serán las palabras que pongan fin a esta historia.

Bogotá, 8 de noviembre de 2010

Bibliografía

  • ¿Qué es una nación? E. Renan.

http://www.paginasprodigy.com/savarino/renan.pdf

  • Sin pasado no hay mañana, JA Martín Pallín. Opinión, 15-06-2004

2 Comentarios a “II Seminario Internacional de Derechos Humanos, Universidad Autónoma Colombia”

  1. JAVIER LERMAS dice:

    LLUM: Tú sabes muy bien que éramos muchos los que teníamos la certeza de que todo era un espejismo. No solo intentaron acallarnos, sino que nos trataron desde idiotas hasta ezquizofrénicos. Gracias por tu memoria y por tener siempre la bandera de la LIBERTAD en alza.

  2. JAVIER LERMAS dice:

    LLUM: Tú sabes muy bien que éramos muchas personas las que teníamos la certeza de que todo era un espejismo. No solo intentaron acallarnos, sino que nos marginaron política y humanamente. Gracias por tu memoria y por tener siempre la bandera de la LIBERTAD en alza.

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