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La vedette del palomar

Hetaria, cartografias literarias, 2011

están por todas partes pero muy poca gente las ve

Colaboraciones para La ventana indiscreta, una exposición fotografiaca de Alexis W.
El colectivo Hetaria en colaboración con el artista canario Alexis W. han  hecho posible el catálogo Hetaria cartografias literárias, con fotografías de Alexis W. y textos de un puñado de escritorxs.  Publicado por el Centro Atántico de Arte Moderno de Las Palmas de Gran Canaria.

Gracias a Mamen Briz por invitarme a participar con  el  relato La vedette del palomar, mi particular homenaje a las vedettes que no pierden el amor por la vida.

La vedette del palomar

Por Llum Quiñonero

Habla con el desparpajo de la calle, con la frescura de las palabras que sólo tienen sentido en su propio vocabulario. Tiene 75 años cumplidos año por año y sin consuelo. Dedica parte de la mañana a acicalarse; el baño, sin bañera, que ya las piernas no le permiten tanto esfuerzo de subir y bajar. Luego, se arregla el pelo alargando cuanto puede el brazo hacia atrás, que no es mucho; se embute en el albornoz y se sienta a pintarse las cejas, a buscarse los pelos rebeldes que salen robustos y sin ton n son por debajo de la nariz y se distribuyen sobre el labio.  El resto, y mientras pone a cocinar el menú del día, espera que le suban los encargos, la fruta roja que adora, el pescado fresco, las costillitas de cordero, el arreglo para el cocido, el poquito de jamón y de queso, el agua mineral, el chocolate sin azúcar y el montón de pastillas para los dolores y la tensión. Se ayuda del andador y va del salón a la cocina y de la terraza a su dormitorio; hay que moverse, hay que ponerse guapa, hay que tender la ropa: ¡Ay, que me duele la pierna, caray! ¡A mi que nunca me ha dolido nada! Y mira de reojo el techo por si vuelve a salir la gotera que la comunidad no le repara.

Vive allá en lo alto, en el palomar, lo llama ella, su refugio, su prisión , porque las rodillas no le permiten bajar los seis pisos sin ascensor de la vivienda y hasta la peluquera –una amiga de siempre, también la ateinde en casa, aunque lo suyo le cuesta llegar hasta arriba.

–¡Con lo que yo he sido y ahora aquí encerrada!—gruñe entre sonrisas mientras espera que los vecinos aprueben la obra que le dará de nuevo paso a la calle, su oxígeno, que tanto añora. Pero no se arredra:

–¡Qué me quiten lo bailao!, que ahora me veo como me veo, aquí atada, pero cuando este país era una cochambre yo no me perdía un jolgorio. Y hombres, los que quería. Que era yo la que elegía–, asegura.

Llegó a Alicante en tren en el 1959, como una vedette, dice ella; aprendió el artisteo en el mismo reformatorio para jóvenes descarriadas en el que la encerraron a los 16 años por tener cierta afición al esqueleto de su novio. Se cultivó en torear su suerte y en sacarle partido a un cuerpo que cada día le pedía más guerra y al que tenía que alimentar.

La enseñaron a firmar, a echar las cuentas;  a ser su propia dueña aprendió ella, el mejor oficio; con eso le bastó para ganarse la vida  con los titis. Recuerda las juergas nocturnas en el tablao del castillo de Santa Bárbara, las veladas en las terrazas de la Explanada, los atracones de gambas en Santa Pola, todo bien regado y pagado , incluso, por honorables próceres de la ciudad que no regateaban con ella.  Calla más de lo que cuenta pero cuenta historias de las horas pasadas en la barra dedicadas al descorche, de sus noches de cama con hombres que dice, sabían hacerla disfrutar y a los que ella no defraudaba para que repitieran. Tiene en su memoria a aquel señor mayor, que tantos regalos le hacía y que apadrinó con ella  a la hija de su mejor amiga que ahora es catedrática de arte en Valladolid, su ahijada Diana, que apenas tiene idea de dónde salieron los dineros para sus estudios. Aún luce la sortija que le trajo desde Egipto un argelino comerciante de cuero, y ahí sobre la cómoda de su dormitorio, sigue una muñeca negra de pelo espeso que le regaló un marinero norteamericano en su tercer viaje. Una red de recuerdos que de habitación en habitación dibujan su vida y su presente.  En el cuarto de invitados, una foto del difunto que la hizo viuda. En su dormitorio, una imagen de su madre que fue lotera en la Puerta del Sol.

Se echó un amante falangista, un Pepe bien casado, que la tuvo en exclusiva varios años en los que disfrutó de una vida apacible que no le acababa de convencer. Y luego, cuando el cuerpo no le daba de ganar como antes, le tocó ponerlo a servir en una casa sin perder el aire de reinona apaciguada. En el autobús, encontró un buen día a uno de aquellos militares que había echo cola para pasar por su cama; enfermo, le pidió matrimonio. Ella aceptó: lo cuidaría a cambio de que le comprara el piso de alquiler en el que ella vivía. Así fue. Tres años para lograr ser viuda de un tipo que la quiso y a quien ella cuidó de su cáncer hasta el final.

Tiene dos pagas, la suya pequeña y la de viuda in extremis que le da para vivir como una señora en su palomar acompañada de su soledad y de las llamadas de sus vecinas, de sus amigas que han llegado a viejas como ella, como han podido, reconstruyendo a diario su propia biografía.

–Este es un buen negocio, nena, –asegura- hombres nunca faltan, ni ganas de meterla. Pero hay que valer, eso sí.

En su encierro, mientras espera el ascensor y la cita del quirófano para la operación de sus rodillas, espanta su soledad y el miedo de ser vieja inventándose futuros y buscando a quien contarle azañas.

–Si las rodillas me aguantaran, montaba en el local de abajo un bar de titis y con lo que ganara, pagaría el ascensor para toda la finca. Y que me lo debieran, y que me lo pagaran, que yo no estoy para regalar nada a nadie. Se llama Rosa. Tiene el pelo teñido de rojo, una sonrisa franca, unos ojos brillantes, sin sombra de cataratas y una cejas  dibujadas a pulso cada mañana. Se regala dos veces por semana con  un traguito de whisky. Y siempre tiene en la nevera una botella de cava, por si hay ocasión de abrirla.  Asegura que la vida está hecha para disfrutar mientras se es joven y que hacerse vieja es siempre mala cosa para la que no hay remedio.

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