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Mariposa

Paseaba por la plaza  su cuerpo  bajo sospecha, sus mejillas barbudas y su falta de lugar.  Al principio vendía perejil, ajos, ñoras, piñones. Las viejas vendedoras le hicieron hueco en uno de los escalones de la entrada de Alfonso El Sabio. Pero al final,  sólo pedía limosna o pasaba las horas de mercado en algún rincón, a la espera de reunir algo para llevarse a casa y pasar el día con el estómago en calma. Luego, durante meses, desaparecía.

¿Quién era? Nadie sabía, nadie preguntaba.

–¿Cómo te llamas?- le gritaban los niños.

Y  respondía: mariposa, me llamo mariposa, decía con su voz dulce.

Era lo que más le gustaba de sí misma,  su nombre: Mariposa.

Los niños la rodeaban: –¡¡Vuela, vuela mariposa,  vuela!!

Y ella movía entre risas sus brazos y daba saltos hasta que alguien espantaba a los pequeños y la mandaban de nuevo a su rincón.

Su presencia despertaba siempre un malestar semejante al aviso de epidemia, un dolor turbio, abierto que se acrecentaba cuando llegaba al mercado llena de golpes por los que nadie le preguntaba.

–Dios la  castiga; tiene lo que se merece, por querer ser lo que no es–, dijo la carnicera al pescatero, al verla una mañana amoratada, con un hueso del antebrazo doblado y mal curado, como si el codo se le hubiera vuelto del revés.

Tómeselo en serio, le gritó  la vieja que vendía cupones de los ciegos: “Dios es el más cruel de los inventos, el instrumento más ingenioso de los amos”.

Un día  la  mariposa no volvió.

–Salvadnos de nosotros mismos! – gritaba el Inquisidor, antes de morir.

Alacant, 7 de agosto de 2013

Nota: Basado en un relato de mi madre–Encarna Hernández– sobre una mujer, que vestida de hombre, pedía en el mercado allá por los años cincuenta.

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