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Alice Munro, la Nóbel que escribía sin habitación propia

A Alice Munro le pasó lo mismo que a María Moliner con su diccionario:   sin tener espacio propio, entre cacerolas  y sábanas lavadas   construyeron un mundo de palabras propias, repletas de sentido, exprimiendo sus sueños de las profundidades de la vida cotidiana. Cuando publicó su primer libro,en 1961 The Vancouver Sun le dedicó un reportaje, que  tituló “Ama de casa encuentra tiempo para escribir relatos”. Y es que Alice puso su mirada justo en ese lugar inenarrado donde transcurren las vidas. De ahí extrajo su conocimiento. “Quienes conozcan a Munro por sus madres infelices y solteronas de pueblo se sorprenderán al comprobar lo buena que es al escribir sobre el sexo. “Enamorarse, calentarse, engañar cónyuges y disfrutarlo, decir mentiras sexuales, hacer cosas vergonzosas por un deseo irresistible, hacer cálculos sexuales sobre la base de la desesperación social: pocos escritores han explorado esos procesos de forma más minuciosa e implacable”, escribe Atwood. Al escribir sobre la sexualidad femenina, dice Munro, “se hace algo de lo que no se enorgullecerá a nadie. Cuando se escribe se siente la necesidad de ir lo más lejos posible. Una siente que está mal, a pesar de lo cual no lo lamenta.” Por Lisa Allardice, para Clarin y The Guardian.

Nació en Canada, en 1931, en una familia humilde, con un destino marcado de antemano del que escapó con la audácia de conseguir un final feliz para la Sirenita de Andersen.  Hoy con el Nóbel ha alcanzado el  reconocimiento de su pluma descarada y culpable por querer ser ella misma.

“La maestra del cuento contemporáneo”, “La Chejov canadiense” dicen de ella.    Marisa Avigliano en el diario argentino Página 12  afirma que “tiene el don efectivo de una prosa que agita sin mitigar nunca la molestia que provoca “.  Me gusta esta vieja.

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