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NN Los cadáveres que hablan

En Colombia, todas las generaciones vivas han conocido  la guerra. Todas.  Algunos de sus inmensos ríos han sido altavoces de lo que no se permitía oír, imágenes de lo que no se debe ver en una sociedad donde la violencia se extiende a todos  los niveles de la vida; los muertos  mismos y a pesar de la costumbre –o tal vez por ella– se han convertidos en cronistas del espanto de un pueblo mil veces atormentado, por el viaje sin fin de miles de cuerpos rotos que llegaron y aún llegan  a destinos inciertos por la fuerza de los ríos donde los entregaron sus victimarios. Según la revista El Tiempo, de Bogotá, hay en Colombia 20.000 cuerpos  sin identificar; el veinte por ciento son mujeres.  Desde 1919, el estado colombiano  contabiliza sus desaparecidos.  Las cifras se convirtieron en escandalosas a partir de los cuarenta y se incrementaron sin parar hasta el presente, en el que se reabre una negociación de paz entre el estado y las organizaciones guerrilleras. Casi 20 mil cuerpos identificados no han sido reclamados por sus familiares y 40 mil no han podido ser identificados.

Mientras la muerte arrecia  por  las inmensas tierras colombianas, en otras latitudes de la misma geografía hay  gentes repletas de fuerza y de piedad que  desde décadas atrás han dado cobijo a los cadáveres y que reclaman justicia para los vivos y también para los muertos, el dolor inolvidable.  La paz que tanto necesitan.

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