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El algarrobo que todo lo sabía

Cuentan quienes visitan el árbol predilecto del pueblo, que  en  una  noche de luna intensa al algarrobo le atravesó  un mal sueño con final feliz.  Cuentan, que desde entonces,   grandes y pequeños   sienten una atracción especial por estar cerca de él  y dicen que quienes van con el corazón abierto reciben allí mismo el regalo de una historia y las ganas de contarla.  Yo estuve  allí y este es mi relato.

Dicen que aquella fue una noche especial, tanto que el algarrobo sintió la cercanía de la luna. Grande, llena, clarísima, tal vez  su tibia luz intensa fuera la razón de su desasosiego.¿O era otra cosa?  Se encontraba  débil, flojo, desganado.

Hasta el cri cri de los grillos  le sonaban distintos: había perdido las ganas de contar historias. Estaba triste, no quería acordarse de nada; tengo miedo, pensó.

Un algarrobo con miedo, eso no es posible.

Soy fuerte, soy grande, se dijo orgulloso, soy viejo–. No supo qué pensar.

Se dejo arrullar por la brisa y con su inercia se estiró hacia la luz.

¡Qué placer dibujar su propia silueta sin el sol.  No cabía duda, estaba sensible , notó un cosquilleo de las lagartijas  en su tronco, una familia reptil y diminuta que se había instalado  el verano anterior entre sus nudos y que ahora,  salía tan animosa del letargo.

Vivía en mitad de un bancal  enorme y respiraba por cada poro de su corteza, por cada partícula de sus hojas,  por cada uno de sus nudos, de su piel encrespada.  Le gustaba la compañía de las hormigas, de los gorriones, de los zorzales; le fascinaban los caracoles tan animados siempre después de la lluvia  y  había aprendido a esperar cada primavera que a su alrededor crecieran algunas amapolas. Hacía tiempo que no veía  por allí ni liebres, ni jabalíes. Pero había conocido montones de gatos, de perros,  de gallinas, de pavos,  rebaños de ovejas y de cabras que él hubiera podido identificar una a una de tantas y tantas tardes que habían pastado a su sombra, deleitadas por sus frutos  dulcísimos. De cada ser vivo, que hubiera atravesado la geografía de su bancal, el algarrobo guardaba una historia. Una historia que devolvía a quienes se acercaban a su zona de influencia. Historias verídicas, con finales tristes, con finales dulces, ácidos, chispeantes, finales amarillos, azules, con finales felices y alargados, llegado el caso.

Una memoria  de historias que esta noche le pesaban al ritmo de aquellas palabras raras: es el más viejo de todos. Deteriorado.

 

Los demás pasan y  yo aquí me quedo, se había dicho  tantas veces. Pero ahora sabía que él también podía pasar. Su historia estaba hecha con la vida de tantos otros seres, todos más pequeños que él, algunos casi invisibles de vidas fugaces para un algarrobo. Amigos siempre de paso. Pero su corazón recio y grande de algarrobo los amaba a todos. A las perdices y a las tórtolas que de generación en generación lo visitaban. A los gorriones que cada atardecer, especialmente en verano, se  arremolinaban  en su copa con toda su familia. Comenzó a pensar en tantas y tantas familias de hormigas que había cobijado. ¡Cúantas!

De pronto,el aire cambio de dirección y todas sus hojas se agitaron en un silbido suave.  En los últimos días había recibido muchas visitas. Un grupo de hombres le habían tomado medidas de alto, de ancho, del perímetro de sus troncos, del número de sus ramas, del estado de su corteza y de sus frutos.

Incluso una joven de aspecto lánguido  había pasado una mañana entera  haciéndole fotos: una y otra y otra sin cansarse.

A los árboles nadie les pregunta la edad pero a quienes llegaban a verlo en las últimas semanas  oyó decir

 

–No hay duda, es el más viejo. Y tiene su copa un tanto deteriorada.

 

Se asustó.  Había visto con sus ojos de árbol muchas cosas. Había contemplado  incluso cómo el paisaje cambiaba no solo por la llegada del invierno  o de la primavera. El algarrobo era testigo de muchas vidas. Recordaba los días de fiesta del verano, cuando colgaron de su rama aquel columpio que a tantas  niñas y niños  había mecido.  Recordó también los malos tiempos, las penas de la guerra, los lamentos y las lágrimas de quienes se habían hecho confidencias  en su sombra. Recordó las tormentas de otoño y los días de sol inacabables con las cigarras apretadas contra su tronco. Recordó los años de hambre cuando las gentes del campo la distraían con su fruto.

Recordó su niñez,  la suya propia. ¡Cuánto sufrió al descubrir el amor en aquella mariposa de alas casi transparentes que él mismo vio nacer de una crisálida! Quiso volar con ella y lloró al perderla de vista. Ella tan leve, él tan enraizado. ¡Cuantos más deseos tenía de marchar más le crecían sus raíces! Pasó muchos meses lamentándose por ser árbol. Lloraba tanto que no se daba cuenta de la cantidad de mirlos que anidaban en sus ramas.

Ahora, en esta noche de nostalgia, el algarrobo recordó el día que descubrió en su pequeña copa, un nido de gorriones en el que tres polluelos piaban con desesperación.  En un suspiro se transformaron y cómo su mariposa, volaron lejos.

Aquella noche de luna intensa el algarrobo  estaba nervioso; algo tramaban para él y no sabía cómo tomárselo. Estaba perdiendo las ganas de contar historias, por eso tenía la copa deteriorada. ¿O era al revés?

 

Trescientos años— habían dicho aquellos tipos con pinta de expertos. Y se referían a él que nunca, nunca había pensado en el paso del tiempo.

 

Trescientos otoños, trescientos inviernos, trescientas primaveras, trescientos veranos—Y el algarrobo reflexionó sobre el mapa de su vida, convertido en cientos de círculos  dibujados día a día, mes a mes en su propio  tronco. Historias dentro de otras historias y dentro de otras historias.

Sintió que se mareaba,como encandilado por la luz de la luna, también redonda.

 

Le vinieron los peores pensamientos. Se vió así mismo arrancado de cuajo, como le había pasado a los almendros, a los olivos, incluso a la viñas que durante décadas lo había acompañado. Nunca pensó que le pudiera pasar a él.

— El más viejo, habían dicho aquello tipos.

Y el algarrobo  en aquel preciso momento no estaba seguro de qué significaba eso de viejo.

Tal vez  era la luna, esa luz intensa en plena noche. Había algo raro. ¿Pero qué podía hacer él por defenderse? Era un árbol, sólo un árbol.  De haber tenido voz hubiera agitado sus ramas para espantar a aquellos tipos que hablaban de él sin apenas saber nada. ¿Acaso les molestaba?¿ Acaso les pedía algo?

 

— Uh, uh –hubiera dicho aprovechando el aire; quería defenderse de ellos, que se largaran.

 

Un golpe de aire le agitó tanto que cayeron al suelo un puñado de  algarrobas. Las lagartijas llamaron a las hormigas y un montón de familias enormes de insectos que vivían entre sus troncos se despertaron  en plena noche. Convocaron una asamblea urgente y decidieron ponerse en acción: si el algarrobo se asustaba, aumentaría su deterioro y a saber qué vendría después, ellas no podían permitir quedarse sin su algarrobo, su cuna, su geografía.  Lo necesitaban mucho y lo necesitaban  sano. Los pájaros opinaron de la misma manera.  Había que acompañarlo, sosegar su tendencia a la nostalgia.  Avisaron a la luna que prometió esperar quieta a que llegara el sol. Todos se pusieron manos a la obra. Tenían que ayudarlo a ser el mismo de siempre.

Las lagartijas con su lengua vivaz le lamieron; las tórtolas y las palomas con sus arrullos, le cantaron;  los saltamontes con sus patas, las moscas, los mosquitos, las hormigas, las mariquitas, los gusanos, los cienpies, las cucarachas, incluso las arañas–que dejaron por un rato de tejer–  salieron a desfilar por todos sus rincones. La corteza toda del algarrobo se estremeció y su savia comenzó de nuevo a viajar desde  raíces largas y profundas a la copa.

 

La luna estuvo muy atenta a los acontecimientos, dedicada sólo a él en todo el planeta.

Había que animarlo, ayudarle a atravesar el miedo que todo lo confunde. Desde lo alto, puso su energía en contrarrestar la gravedad y ayudarlo a mantenerse erguido como él sabia estar, bien firme.

La máquina toda de la vida que generaba el algarrobo funcionó a la perfección y cuando llegó el sol  hasta su tronco  estaba entretenido con una ardilla y unos ratoncitos de campo.

 

Mientras tanto, las autoridades se habían reunido en el Ayuntamiento para nombrarlo árbol predilecto de la villa.   Desde su bancal, arropado de toda su gente,  escuchó la música y al poco vio llegar  la comitiva con la banda, seguida de montones de niños y de niñas que  no sólo no pasaron de largo, sino que se detuvieron a su alrededor.

 

Ni él ni  ninguno de los suyos –que eran multitud–  sabía qué estaba ocurriendo hasta que leyeron con claridad lo que decía aquella pancarta: 300 años de historia, nuestro algarrobo.

 

La banda al completo, incluido el timbal, tocó con energía  mientras  la gente  bailaba alrededor de su tronco.

 

–“Vecinos y vecinas– dijo la alcaldesa , que se subió a un taburete para que todos le vieran y le escucharan con claridad –este viejo algarrobo es parte de nuestro patrimonio,  de nuestra memoria viva. Por eso lo nombramos– dijo  emocionada, alzando aún más la voz-– árbol predilecto de la villa. Desde su copa, desde cada una de sus ramas, desde la enérgica presencia de su tronco trescientos años de historia nos contemplan.

¡Viva el algarrobo más viejo del pueblo! — gritó la alcaldesa.

–¡¡Viva, viva,!! — contestaron todos, también quienes habían pasado la noche desfilando por sus ramas y que a estas horas estaban agotados y felices.

 

Hubo aplausos, el encargado de la pólvora prendió la mecha de una traca y la banda siguió tocando un buen rato.

 

Mientras,  por el pueblo ya se había corrido la voz de que el viejo algarrobo, en una sola noche, había recuperado su copa de manera misteriosa; decían que estaba hermoso, frondoso y otras palabras terminadas en oso, que le gustaban mucho al algarrobo.


Ahora más que nunca, iba a dar gusto sentarse tomar el fresco  a su sombra.

Sant Joan d’Alacant, 2011

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