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Poemas del confinamiento

La vida en cajas

I.

Ni un segundo regalado,

nada en balde,

cada error justo a su tiempo,

cada respiración, toda una vida,

un viaje sin regreso.

Mi existencia en unas cajas, desnudas,

destruidas,

atravesadas por el tiempo.

El mundo a mi alcance cada día.

El desconcierto de sentir,

las dudas permanentes,

las ganas

de llorar, sin causa.

Aquí y ahora.

Todo por una certeza.

¡Renuncio a sus pompas y a sus obras!

dije.

Y por la noche sentía su mano debajo de mis bragas.

¿Recuerdas las veces que lloramos de alegría?

Recuerdas cada beso, cada grito,

cada espacio conquistado?

La lluvia, la lluvia contra el cuerpo.

La lluvia contra el tejado.

La lluvia que no venía.

Te veo en la carretera, a paso desgarbado,

aquel jersey enorme

y esas desorbitadas ganas de quedarme contigo para siempre.

La vida servida sin medida.

Empieza a chispear.

Salgo a correr y abro la boca.

Estoy soñando.

II

Entre sueños, amores y rupturas,

el punto de cruz y la guitarra de los Reyes Magos.

Aquí mi hermana Marián,

con su pelo en rebeldía

en brazos de Vicenta, la vecina,

en aquella casa que arrolló el progreso,

con su huerto, sus flores, su aljibe,

su balsa, su jazmín, su pila y sus acequias,

Concha que cantaba y

la abuela que leía el periódico,

refrescaba la casa y espantaba  las moscas en verano.

Por alli pasó la guerra, la vida a borbotones, el vaso de agua

y el plato de comida que mendigaban algunos caminantes.

El grito del conejo antes de caer en el sofrito.

Mi madre, ejecutora de la vida.

Las paellas con garbanzos y el vino con Casera.

Mis amigas del colegio, mezcladas con las cartas,

aquellas, tan urgentes.

Allí el silencio, aquí el olvido.

El desorden, la angustia,

sin saber qué pinta una.

Aquí Doña María, mi maestra, de luto riguroso.

No hay que rendirse,

pequeña, no te rindas.

Entenderás mas tarde.

¿Qué es morirse, mama?

Vi a una cabra pariendo un cabritillo.

La niña que lloraba, escondida en el armario.

Los amores imposibles,

la música en la radio.

La ropa al sol,

las sábanas bañadas de azulete.

El dia que nací yo, ¿qué planeta reinaría?

Tengo la madre más guapa del mundo.

El Postiguet tiene su olor, lo juro.

 

III.

Hubo una playa que se fundió conmigo,

por un instante,

el viento, el sol que se despide,

las rocas que se agitan repartiendo espuma por los aires

Un orgasmo en toda regla,

imposible mejorarlo.

Fui testigo de la violación de Isabel en manos de Fernando,

ella que nació en jueves santo, un dia sin dios,

será por eso.

Me lo contó todo en un rincón de la Biblioteca Nacional.

Lo había dejado escrito entre renglones,

esperando mas pesquisas, mas denuncias.

El tiempo acelerado, por fin,

antes y ahora

la misma harina, la misma masa madre.

El mismo olor a gloria, a pan caliente.

Por un rato me hicieron creer que era yo misma.

Sin madres, sin hijas, sin antes, sin ahora.

Su madre se lo dijo, no seas terca.

Escapate.

Y no pudo.

Confundió la guerra con la vida.

Quiero ir contigo.

IV

¿Cómo no iba a quererte?

Cada error justo a su tiempo,

la pausa necesaria para el cambio.

¿Recuerdas cuando inventamos una vida irrepetible?

¿Recuerdas que pintamos las paredes de colores,

con sueños, con palabras nuevas,

con puertas que se abrían hacia todos los caminos?

¡Si a mi me hubieras dicho que el cielo se caería!

¡No te asustes!

No hay pasado, no hay ayer,

no habrá mañana.

Se acercó a mi por la espalda

y sentí su pecho y su perfume.

V.

Aquella jornada amaneció en marzo,

desayunamos pan tierno,

en abril andábamos a tientas, despeinadas

balbuceando las palabras perdidas,

recitadas.

Pasó mayo sin vestidos de colores.

Hay que conseguir comida, dijo.

No vale con aplausos.

No te mueras.

Me desperté vomitando

en el justo momento que moría.

Para irse al otro barrio hubo que levar un ancla

que habiamos olvidado. No, no era una flecha.

Era un ancla.

Confundidos los cuerpos, las letras,

los colores, los chistes, los orgasmos.

Confundimos la vida con el llanto,

el tu y el yo, se había mezclado.

Empeñado en el olvido. El amor, el amor se había hecho carne.

Torpe imbécil,

morirte así, sin aceptarlo.

VI.

Recuerdo la angustia de quererte,

pedirte que me amaras,

la soledad, el nacimiento,

la vuelta al cuerpo,

tan inocente, hermoso,

el sueño de una vida inimitable,

cumplido a ciencia cierta.

La luz debio tomarselo con calma, me dijiste.

La biografía esparcida en cada escrito.

Los cuentos, los libros, las derrotas.

Aquí estoy yo.

Aquel programa en blanco y negro

aquel viaje a Turín, la fiesta de disfraces,

No te dabas cuenta,

yo era Jakie Onassis, tan fatal,

tan elegante.

VII.

Recorrí la Via Laietana en busca de Durruti,

reclamé las armas, las deudas, las revistas.

La historia de la cárcel, las pulgas, las mentiras hilvanadas

que salvan vidas.

Y llegamos  a contratiempo de contarlo.

Un sueño,

un sueño al fin, lleno de sangre.

VIII.

Y entonces llegó marzo

Nos confinaron en casa, nos llamaron héroes

y siguieron pagándonos lo mismo.

Conocían el latido de cada corazón

el tono de las voces, el sabor de la esperanza

Sin ser Dios, se hizo  verbo.

Y el milagro se obró a nuestra vista,

rodeados de tecnócratas divinos y políticos abyectos

que cultivan el genio de los cuervos.

Recomenzaron los silbos,

las señales de humo.

Abandonamos el móvil y los guantes.

IX.

El silencio nos devolvió el sentido de los pasos,

las canciones relataron los hechos,

los nombres que no estaban en las listas,

la ternura de las nanas, el sabor oxidado del olvido.

Ambiciosas como éramos, torpes,

hambrientas por desentrañar tantos misterios.

Todo ese aire que no hubo para ellos

será para nosotras.

X.

No seré yo la que se quiebre.

Tengo preparado

un avío con las penas, unas cuentas lágrimas,

que siempre vienen bien,

un buen puñado de risas, de amores

y la memoria que será revelada.

Por aquí, Rosa Cremón, la brigadista que parió a Elvira

junto al almendro. Y allí la señora Amalia,

y Lola, las anarquistas,

violadas, rapadas, sin aire, solas.

Veo a la mujer maravilla, a sus noventa años,

en la cama con un joven que le arranca la ropa de deseo.

Y ella disfruta.

Sigue, sigue, le dice, mientras recuerda

que hacer el amor con el polaco,

era algo parecido a beber agua de un vaso.

Me esconderé en el faro,

antes de que lo apaguen.

XI.

Estoy sentada en el Consejo General de la Abogacía,

Un escolta me pide que firme en defensa de la pena de muerte.

¡Qué pena de vida!

Hubo un tiempo que conocí a princesas ignorantes

que pedían auxilio de ternura.

Y recuerdo a Cibeles,

en el corazón de la revuelta:

Mi cuerpo es mío, gritó la diosa,

tirada por leones, la madre tierra,

a pleno grito, chorreando entera,

Nosotras decidimos,

decía la pancarta.

La diosa dio el grito de salida.

La policía no pudo detenerla.

 

XII

Justo aquí sale la foto de mi padre, ese niño delgaducho,

el abuelo ausente o muerto.

Hay tanto que no sé, que nada afirmo.

Mi ignorancia enciclopédica me abruma

y vuelvo al corazón. A refugiarme.

Oigo la respiración de mi abuela Encarna,

camino del mercado aquel 25 de mayo,

la veo refugiarse en la panadería,

aplastadas por la metralla

que le perdonó la vida.

XIII

No tengas miedo, le dije,

como si yo entendiera aquel lugar en el que estábamos.

Aquel bebé asomaba la cabeza,

entre las piernas de una

mujer que gritaba de dolor

y maldecía.

El llanto y aquel olor a sangre.

¡Esta vida es una mierda,

no quiero más hijos, gritaba,

no quiero!

Seis varones en casa y el marido sin trabajo.

Y  abrazaba a su criatura y mezclaba el rojo con sus lágrimas

y aquel olor metálico.

Sí está bien, tiene de todo, es preciosa, le decía,

yo, que no era nadie,

mientras sostenía

la criatura entre mis manos.

El cuerpo, el cuerpo, el útero, la mano de la partera

metida en las entrañas.

¡No puedo más, me muero!

¡Empuja! ¡Empuja!

Un hombre lanzó a su mujer por la ventana.

Angeleta recibió su enésima paliza.

Le gustaba coser al sol.

por las mañanas.

XIV.

Juro que viajé de polizona con Hernán Cortes,

digo que me enamoré de la Malinche,

que a escondidas,

compartí su lengua con la mía.

Es eterna, ella, sí. Me sigue amando,

¿lo sabéis? ¡Qué privilegio!

Es un secreto.

La verdad está por conocerse.

Escribí una novela

en la Habana, antes de que Fidel se hiciera viejo.

Fue en aquel hotel de Nueva York, donde vi, por la televisión,

que el Muro de Berlín se disolvía.

Lo líquido, lo sólido, Heraclito y su río.

La Historia sobre sí misma.

Estuve en Buenos Aires cuando las madres locas comenzaron a dar vueltas

y viajé a casa de Augusto Pinochet

para entender, sin conseguirlo,

cómo se puede ser tan miserable.

 

XV

Y entonces llegó marzo

Nos confinaron en casa y nos llamaron héroes

mientras hacian planes para el desastre que vendría.

Calles repletas de vacío,

pajaros atónitos y una multitud confinada frente a

la soledad, la vida en pausa, sin horarios sin aíre.

La revuelta que vendría sin estar planificada.

Y el milagro se obró a nuestra vista,

rodeados de tecnócratas divinos.

Recomenzaron los silbos y las señales de humo.

Abandonamos el móvil.

El silencio nos devolvió el sentido de los pasos,

las canciones relataron los hechos,

la sangre derramada, los nombres que no estaban en las listas,

la ternura de las nanas, el sabor oxidado del olvido.

Hubo arcángeles entre mis piernas

y un montón de libros se enredaron

con voces de vecinas que cantaban

en un coro al que yo pertenecía.

Todas tenían los ojos muy azules.

Habían dado de comer a sus gallinas y a sus hijos cada día,

sin calendario.

Una amasaba, la otra repartía hielo, la otra cosía

y bailaban las tardes de domingo

esperando al hombre de sus vidas.

XV.

¿Cómo no quererla?

Sus ojos, sus ojos, su mirada.

Tu amor por una historia, le rogaba.

¡Que pesada con la Historia!

Desentrañar el muro de silencio,

atravesar el miedo cuanto antes.

Detras del miedo, nada.

Quiero hacer ese viaje, tejer el hilo

del espanto, descubrir la ira, la ternura,

el sabor del sol, el crugir de las granadas en la boca.

Ahora sé que cada amanecer es el principio.

Voy contigo.

Te regalo un erizo de mar si me acompañas.

XVI

Atravesé la selva

y el dolor amargo de la guerra que no existe.

Me quedaré sola, completamente sola

hasta entender porqué me he ido.

No seré yo la que se quiebre.

He preparado mi equipaje,

un avío con las penas, unos cuantos suspiros,

que siempre vienen bien,

un buen puñado de risas,

y la memoria de las hijas que no tuve.

Me duele la impotencia, la edad,

la indiferencia. Me duele el reglamento,

la soberbia impune del tiirano.

Nadie me volverá a engañar, le dije a mi psiquiatra,

os lo aseguro.

Y era yo la que tomaba nota del asunto.

Ilusa, tonta, ignorante,

buscaba el modo de quererte y logré la ciencia infusa

de olvidarme de tí y para siempre.

Eso contaba en carta remitida al hogar que nunca compartimos.

Quiero nadar hasta la raya.

Y volver, si tu me esperas.

XVII

Otro hombre lanzó a su mujer por la ventana,

se acabó el confinamiento.

Agua, quiero agua,

agua y más,

más aire.

Sonaban la ambulancia y un coche de bomberos

reventaba de rojo las ventanas.

Quiero irme, escapar, viajar muy lejos

donde nadie me conozca.

Volver allí, junto al limonero herido de metralla,

barrer la puerta de la casa, aplacar el polvo

y por un segundo que todo sea tan igual, tan diferente,

con un increíble rayo de luz lleno de motas.

El norte se recostó sobre el sur.

Primero sonó una nana, un llanto,

mas tarde, un grito,

un aire trasparente lo tocó todo de azul clarito;

en las orillas bailaban los delfines

y amanecimos redivivas en una playa cristalina,

repleta de deshechos.

Como en el planeta de los simios.

A punto de morirme y la casa sin barrer.

 

La nueva normalidad

Murieron otros

otros se quedaron sin aire

incapaces de moverse por sí mismos

La pena era de otros,

el dolor, la angustia envenenada

se fue por donde vino.

Se acabó lo que se daba,

la vida entera, en un segundo,

las opciones, los olvidos,

la prisa de la tierra en dar sus vueltas,

los veranos tediosos de la infancia,

el deseo de ser tan alta como la luna,

las canciones, las caricias, las lentejas con chorizo,

todo al traste.

El aire, el aire, el mar,

los charcos que reflejan lo que somos.

Ahi fuera se escucha el ladrido de los perros

solos,

las risas de los niños

que no saben,

la algarabía de las mujeres

que susurran los planes de rescate,

la breve eternidad de nuestras vidas.

Murieron otras, se llamaban como yo,

eran yo misma.

Algo que no entiendo todavía.

Hacen colas en las UCIS, en los mercados,

esperan su turno en las farmacias.

Y aun me reconocen cuando paso.

Yo ya he muerto. Morí

sin estar viva, les insisto.

Vamos, vamos,

salgamos de esta cola.

Tengo una idea.

 

 

 

 

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2 Comentarios a “Poemas del confinamiento”

  1. Laura Girón Miñano dice:

    Un poemario tan íntimo, tan intenso, tan profundo, tan visceral, tan hermosas las palabras, tan familiares las personas nombradas.
    Un descubrirte LLum en muchos versos, tu vida, el arco iris variopinto que refleja todo lo vivido ya.
    Enhorabuena porque tus versos me hacen sentir el eco de nuestras vidas.

  2. llum dice:

    Que decirte, Laura. Que te quiero. Que os quiero. Que el sinónimo de la felicidad para mi son las voces de los niños, la radio con música, las conversaciones a la vez desde una habitación a otra, de una casa a otra, las risas, todo a la vez. Recuerdo el día que me di cuenta. Era verano y estaba en el Rincombre.
    Abrazos

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