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	<title>Llum Quiñonero &#187; Relatos</title>
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		<title>Bebés, la vida en crecimiento</title>
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		<pubDate>Sat, 24 Jul 2010 15:48:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>llum</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Trailer del documental “Babies” que cuenta la vida de cuatro bebés desde su nacimiento hasta que cumplen un año. Son de lugares distantes en el mundo:   Namibia,  Tokio, o Mongolia y  San Francisco. 
Lo he descubierto al visitar el blog de Julián Gallo. Gracias a él y a los autores de esta película extraordia.
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Trailer del documental “Babies” que cuenta la vida de cuatro bebés desde su nacimiento hasta que cumplen un año. Son de lugares distantes en el mundo:   Namibia,  Tokio, o Mongolia y  San Francisco. <p><a href="http://www.llumquinonero.es/2010/07/24/484/"><em>Pinche aquí para ver el vídeo</em></a></p></p>
<p>Lo he descubierto al visitar el blog de Julián Gallo. Gracias a él y a los autores de esta película extraordia.</p>
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		<title>Adios y gracias, Milana bonita</title>
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		<pubDate>Sat, 13 Mar 2010 18:17:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>llum</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Ayer murio Miguel Delibes, a los 90 años. Castellano, escritor y periodista que construyó historias que  nos ayudan a recordar la miseria y el dolor que hemos atravesado. En plena dictadura,  se casó con Angeles de Castro con quien tuvo siete hijos y  se mantuvo a su lado mientras él desarrolló su [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Ayer murio Miguel Delibes, a los 90 años. Castellano, escritor y periodista que construyó historias que  nos ayudan a recordar la miseria y el dolor que hemos atravesado. En plena dictadura,  se casó con Angeles de Castro con quien tuvo siete hijos y  se mantuvo a su lado mientras él desarrolló su carrera profesional y artística. Su castellano recio, ausero y poderoso queda  en boca de sus personajes,  antiheroes que forman parte de nuestro mapa emocional y biográfico. De entre todas sus obras, recuerdo <em>Las guerra de nuestros antepasados </em> , una reflexión profunda sobre las guerras como herencia, una llamada a la libertad, a la responsabilidad de cada humano, de cada generación frente a las oportunidades de afrontar su presente, sin aceptar la envenenada herencia de la venganza.<em> &#8220;La violencia es simple, las alternativas a la violencia son complejas</em>”, afirmaba Delibes.<br />
En su recuerdo, recupero  fragmentos de Los Santos Inocentes que llevó al cine Mario Camús, en 1984, que refleja una sociedad en la que los poderosos no consideran semejantes a sus sirvientes. La historia transcurre en un cortijo de Extremadura, allá por los años 60.<p><a href="http://www.llumquinonero.es/2010/03/13/adios-y-gracias-milana-bonita/"><em>Pinche aquí para ver el vídeo</em></a></p>
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<p><a href="http://www.llumquinonero.es/2010/03/13/adios-y-gracias-milana-bonita/"><em>Pinche aquí para ver el vídeo</em></a></p>
<p><a href="http://www.llumquinonero.es/2010/03/13/adios-y-gracias-milana-bonita/"><em>Pinche aquí para ver el vídeo</em></a></p>
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		<title>Las Mujeres de nuestra vida, taller en Andorra, Teruel.</title>
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		<pubDate>Sat, 18 Apr 2009 14:18:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>llum</dc:creator>
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		<description><![CDATA[
Encarna, Angeles, María, Emerenciana, Ana, Pilar, Silvia, Victoria, Neli, Rosa, Angustias. El taller se celebró en Andorra, Teruel, y acudieron a él 22 mujeres. Un grupo heterogéneo que enriqueció y dio profundidad a los relatos de cada una.
Las mujeres jóvenes y las mayores honraron la memoria de las valiosas hembras que les precedieron. Compartieron las [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img height="174" border="0" align="top" width="426" alt="Enero_a_marzo_2009_348.jpg" title="Enero_a_marzo_2009_348.jpg" class="left" src="http://www.llumquinonero.es/wp-content/uploads/2007/Enero_a_marzo_2009_348.jpg" /></p>
<p>Encarna, Angeles, María, Emerenciana, Ana, Pilar, Silvia, Victoria, Neli, Rosa, Angustias. El taller se celebró en Andorra, Teruel, y acudieron a él 22 mujeres. Un grupo heterogéneo que enriqueció y dio profundidad a los relatos de cada una.<br />
<img height="336" border="0" width="448" alt="Enero_a_marzo_2009_338.jpg" title="Enero_a_marzo_2009_338.jpg" class="left" src="http://www.llumquinonero.es/wp-content/uploads/2007/chinas/Enero_a_marzo_2009_338.jpg" />Las mujeres jóvenes y las mayores honraron la memoria de las valiosas hembras que les precedieron. Compartieron las historias que han llegado hasta ellas y hablaron de los silencios, de los secretos que tanto espacio ocupan en las familias. Las que nacieron durante la Guerra y en la dictadura, nos condujeron por senderos estrechos, atravesados con tremendos esfuerzos, con mucha inteligencia y pocos medios. Las nacidas en democracia, hablaron de su deseo de vinculares a quienes tuvieron una vida más difícil y supieron generar recursos para sacar adelante a su gente. Hablamos de partos, de cocina, de suicidios, de costura, de resistencia, de crianza, de trabajo asalariado, de negación de derechos, de aislamiento en los hogares, de aprendizaje, de emigración y desarraigo, de religión, de canciones, de renuncias y de espacios conquistados.  Hablamos de vecinas, de tías, de abuelas alegres y tenaces y de mujeres amargas que sobreviviron a su dolor. A todas ellas, les hicimos un hueco en nuestra memoria.Hablamos de miedo y de esperanza.<img height="336" border="0" width="448" class="left" title="Enero a marzo 2009 345_1.jpg" alt="Enero a marzo 2009 345_1.jpg" src="http://www.llumquinonero.es/wp-content/uploads/2007/Enero%20a%20marzo%202009%20345_1.jpg" /><img height="336" border="0" width="448" alt="Enero_a_marzo_2009_334.jpg" title="Enero_a_marzo_2009_334.jpg" class="left" src="http://www.llumquinonero.es/wp-content/uploads/2007/Enero_a_marzo_2009_334.jpg" /></p>
<p><img height="336" border="0" width="448" alt="Enero_a_marzo_2009_328.jpg" title="Enero_a_marzo_2009_328.jpg" class="left" src="http://www.llumquinonero.es/wp-content/uploads/2007/Enero_a_marzo_2009_328.jpg" /><img height="448" border="0" width="336" class="left" title="Enero_a_marzo_2009_324.jpg" alt="Enero_a_marzo_2009_324.jpg" src="http://www.llumquinonero.es/wp-content/uploads/2007/Enero_a_marzo_2009_324.jpg" />Estas son algunas de las imágenes que compartimos y que sirbvieron para ir tirando del himlo para construir los relatos de sus vidas. Gracias a todas por compartir con tanta generosidad vuestras historias.</p>
<p>Andorra, la tercera ciudad turolense, es un pueblo próspero, en gran medida, gracias a su central térmica.  Su ayuntamiento, a través de la Casa de Cultura y de la Universidad Popular, me invitó a dar una conferencia y a realizar un taller que duró dos intensas jornadas. Unos días de sol y cielos azules que coincidieron con el brillo de la perezosa primavera de este año y los almendros en flor. Gracias por contar conmigo.</p>
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		<title>Estas aquí para ser feliz</title>
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		<pubDate>Sat, 28 Feb 2009 11:54:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>llum</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Necesitamos que nos cuenten historias,  espacio y tiempo para sentir las nuestras propias, para conectanos con quienes han hecho posible nuestra llegada a la vida y nos legan lo mejor de su propia experiencia: sus relatos, tan curativos en tiempos de crisis, tan necesarios.
Acaba de lanzarse la nueva campaña de Coca Cola. Un encuentro real [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Necesitamos que nos cuenten historias,  espacio y tiempo para sentir las nuestras propias, para conectanos con quienes han hecho posible nuestra llegada a la vida y nos legan lo mejor de su propia experiencia: sus relatos, tan curativos en tiempos de crisis, tan necesarios.<br />
Acaba de lanzarse la nueva campaña de Coca Cola. Un encuentro real sobre la felicidad en tiempos de crisis. Un anciano, Josep Mascaró, mallorquín  de 102 años, le cuenta la historia esencial a una bebé que acaba de llegar al mundo y tiene nombre de montaña, Aitana y apellido de ser humano, Martínez. Él vuela desde Mallorca a Madrid, un viaje de un siglo para contarle la verdad: Un minuto y 30 segundos que brillan y nos ayuda a detenernos, a sentir que la vida merece la pena.<br />
Coca Cola, de nuevo, ha dado en el clavo del optimismo, de la esperanza, de la sonrisa en tiempos de incertidumbre, auque a ellos también les toque la recesión. La campaña ha sido creada por <a title="Marta Fontcuberta" href="http://www.universalmccann.es/">MacCann España</a>,  que la ha titulado <em>Encuentros</em>. Su directora, Marta Fontcuberta. Seguro que ya lo conoceis.</p>
<p>Se estrenó en los canales españoles hace apenas tres días. Disfrutadlo,<p><a href="http://www.llumquinonero.es/2009/02/28/estas-aqui-para-ser-feliz/"><em>Pinche aquí para ver el vídeo</em></a></p></p>
<p><em>&#8220;Hola Aitana, me llamo Josep Mascaró y tengo 102 años. Soy un suertudo. Suerte por haber nacido, como tú, por poder abrazar a mi mujer, por haber conocido a mis amigos, por haberme despedido de ellos, por seguir aquí. Te preguntarás cuál es la razón de venir a conocerte hoy, es que muchos te dirán que a quien se le ocurre llegar en los tiempos que corren, que hay crisis, que no se puede. Esto te hará fuerte, yo he vivido momentos peores que éste, pero al final de lo único que te vas a acordar es de las cosas buenas. No te entretengas en tonterías, que las hay, y vete a buscar lo que te haga feliz que el tiempo corre muy deprisa. He vivido 102 años y te aseguro que lo único que no te va a gustar de la vida, es que te va a parecer demasiado corta. Estás aquí para ser feliz.</em>&#8220;</p>
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		<title>Funes El Memorioso</title>
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		<pubDate>Mon, 23 Jul 2007 14:03:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>llum</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Una reflexión imprescindible sobre la memoria.
Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano, viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el de la noche, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Una reflexión imprescindible sobre la memoria.</p>
<p>Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano, viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el de la noche, toda una vida entera. Lo recuerdo, la cara taciturna y aindiada y singularmente remota, detrás del cigarrillo. Recuerdo (creo) sus manos afiladas de trenzado. Recuerdo cerca de esas manos un mate, con las armas de la Banda Oriental; recuerdo en la ventana de la casa una estera amarilla, con un vago paisaje lacustre. Recuerdo claramente su voz; la voz pausada, resentida y nasal del orillero antiguo, sin los silbidos italianos de ahora. Más de tres veces no lo vi; la última, en 1887&#8230; Me parece muy feliz el proyecto de que todos aquellos que lo trataron escriban sobre él; mi testimonio será acaso el más breve y sin duda el más pobre, pero no el menos imparcial del volumen que editarán ustedes. Mi deplorable condición de argentino me impedirá incurrir en el ditirambo -género obligatorio en el Uruguay, cuando el tema es un uruguayo. Literato, cajetilla, porteño; Funes no dijo esas injuriosas palabras, pero de un modo suficiente me consta que yo representaba para él esas desventuras. Pedro Leandro Ipuche ha escrito que Funes era un precursor de los superhombres, &#8220;un Zarathustra cimarrón y vernáculo &#8220;; no lo discuto, pero no hay que olvidar que era también un compadrito de Fray Bentos, con ciertas incurables limitaciones.<br />
Mi primer recuerdo de Funes es muy perspicuo. Lo veo en un atardecer de marzo o febrero del año 84. Mi padre, ese año, me había llevado a veranear a Fray Bentos. Yo volvía con mi primo Bernardo Haedo de la estancia de San Francisco. Volvíamos cantando, a caballo, y ésa no era la única circunstancia de mi felicidad. Después de un día bochornoso, una enorme tormenta color pizarra había escondido el cielo. La alentaba el viento del Sur, ya se enloquecían los árboles; yo tenía el temor (la esperanza) de que nos sorprendiera en un descampado el agua elemental. Corrimos una especie de carrera con la tormenta. Entramos en un callejón que se ahondaba entre dos veredas altísimas de ladrillo. Había oscurecido de golpe; oí rápidos y casi secretos pasos en lo alto; alcé los ojos y vi un muchacho que corría por la estrecha y rota vereda como por una estrecha y rota pared. Recuerdo la bombacha, las alpargatas, recuerdo el cigarrillo en el duro rostro, contra el nubarrón ya sin límites. Bernardo le gritó imprevisiblemente: &#8220;¿Qué horas son, Ireneo?&#8221;". Sin consultar el cielo, sin detenerse, el otro respondió: &#8216;Faltan cuatro minutos para las ocho, joven Bernardo Juan Francisco&#8221;. La voz era aguda, burlona. Yo soy tan distraído que el diálogo que acabo de referir no me hubiera llamado la atención si no lo hubiera recalcado mi primo, a quien estimulaban (creo) cierto orgullo local, y el deseo de mostrarse indiferente a la réplica tripartita del otro.<br />
Me dijo que el muchacho del callejón era un tal Ireneo Funes, mentado por algunas rarezas como la de no darse con nadie y la de saber siempre la hora, como un reloj. Agregó que era hijo de una planchadora del pueblo, María Clementina Funes, y que algunos decían que su padre era un médico del saladero, un inglés O&#8217;Connor, y otros un domador o rastreador del departamento del Salto.<br />
Vivía con su madre, a la vuelta de la quinta de los Laureles. Los años 85 y 86 veraneamos en la ciudad de Montevideo. El 87 volví a Fray Bentos. Pregunté, como es natural, por todos los conocidos y, finalmente, por el &#8220;cronométrico Funes&#8221;. Me contestaron que lo había volteado un redomón en la estancia de San Francisco, y que había quedado tullido, sin esperanza. Recuerdo la impresión de incómoda magia que la noticia me produjo: la única vez que yo lo vi, veníamos a caballo de San Francisco y él andaba en un lugar alto; el hecho, en boca de mi primo Bernardo, tenía mucho de sueño elaborado con elementos anteriores. Me dijeron que no se movía del catre, puestos los ojos en la higuera del fondo o en una telaraña. En los atardeceres, permitía que lo sacaran a la ventana. Llevaba la soberbia hasta el punto de simular que era benéfico el golpe que lo había fulminado&#8230; Dos veces lo vi atrás de la reja, que burdamente recalcaba su condición de eterno prisionero: una, inmóvil, con los ojos cerrados; otra, inmóvil también, absorto en la contemplación de un oloroso gajo de santonina. No sin alguna vanagloria yo había iniciado en aquel tiempo el estudio metódico del latín. Mi valija incluía el De viris illustribus de Lhomond, el Thesaurus de Quicherat, los Comentarios de Julio César y un volumen impar de la Naturalis historia de Plinio, que excedía (y sigue excediendo) mis módicas virtudes de latinista. Todo se propala en un pueblo chico; Ireneo, en su rancho de las orillas, no tardó en enterarse del arribo de esos libros anómalos. Me dirigió una carta florida y ceremoniosa, en la que recordaba nuestro encuentro, desdichadamente fugaz, &#8220;del día 7 de febrero del año 84&#8243;, ponderaba los gloriosos servicios que don Gregorio Haedo, mi tío, finado ese mismo año, &#8220;había prestado a las dos patrias en la valerosa jornada de Ituzaingó &#8220;, y me solicitaba el préstamo de cualquiera de los volúmenes, acompañado de un diccionario &#8220;para la buena inteligencia del texto original, porque todavía ignoro el latín&#8221;. Prometía devolverlos en buen estado, casi inmediatamente. La letra era perfecta, muy perfilada; la ortografía, del tipo que Andrés Bello preconizó: i por y, f por g. Al principio, temí naturalmente una broma. Mis primos me aseguraron que no, que eran cosas de Ireneo. No supe si atribuir a descaro, a ignorancia o a estupidez la idea de que el arduo latín no requería más instrumento que un diccionario; para desengañarlo con plenitud le mandé el Gradus ad Parnassum de Quicherat y la obra de Plinio.<br />
El 14 de febrero me telegrafiaron de Buenos Aires que volviera inmediatamente, porque mi padre no estaba &#8220;nada bien&#8221;. Dios me perdone; el prestigio de ser el destinatario de un telegrama urgente, el deseo de comunicar a todo Fray Bentos la contradicción entre la forma negativa de la noticia y el perentorio adverbio, la tentación de dramatizar mi dolor, fingiendo un viril estoicismo, tal vez me distrajeron de toda posibilidad de dolor. Al hacer la valija, noté que me faltaban el Gradus y el primer tomo de la Naturalis historia. El &#8220;Saturno&#8221; zarpaba al día siguiente, por la mañana; esa noche, después de cenar, me encaminé a casa de Funes. Me asombró que la noche fuera no menos pesada que el día. En el decente rancho, la madre de Funes me recibió. Me dijo que Ireneo estaba en la pieza del fondo y que no me extrañara encontrarla a oscuras, porque ireneo sabía pasarse las horas muertas sin encender la vela. Atravesé el patio de baldosa, el corredorcito; llegué al segundo patio. Había una parra; la oscuridad pudo parecerme total. Oí de pronto la alta y burlona voz de Ireneo. Esa voz hablaba en latín; esa voz (que venía de la tiniebla) articulaba con moroso deleite un discurso o plegaria o incantación. Resonaron las sílabas romanas en el patio de tierra; mi temor las creía indescifrables, interminables; después, en el enorme diálogo de esa noche, supe que formaban el primer párrafo del capítulo xxiv del libro vii de la Naturalis historia. La materia de ese capítulo es la memoria; las palabras últimas fueron ut nihil non iisdern verbis redderetur audíturn.<br />
Sin el menor cambio de voz, Ireneo me dijo que pasara. Estaba en el catre, fumando. Me parece que no le vi la cara hasta el alba; creo rememorar el ascua momentánea del cigarrillo. La pieza olía vagamente a humedad. Me senté; repetí la historia del telegrama y de la enfermedad de mi padre. Arribo, ahora, al más difícil punto de mi relato. Éste (bueno es que ya lo sepa el lector) no tiene otro argumento que ese diálogo de hace ya medio siglo. No trataré de reproducir sus palabras, irrecuperables ahora. Prefiero resumir con veracidad las muchas cosas que me dijo Ireneo. El estilo indirecto es remoto y débil; yo sé que sacrifico la eficacia de mi relato; que mis lectores se imaginen los entrecortados períodos que me abrumaron esa noche.<br />
Ireneo empezó por enumerar, en latín y español, los casos de memoria prodigiosa registrados por la Naturalis historia: Ciro, rey de los persas, que sabía llamar por su nombre a todos los soldados de sus ejércitos; Mitrídates Eupator, que administraba la justicia en los veintidós idiomas de su imperio; Simónides, inventor de la mnemotecnia; Metrodoro, que profesaba el arte de repetir con fidelidad lo escuchado una sola vez. Con evidente buena fe se maravilló de que tales casos maravillaran. Me dijo que antes de esa tarde lluviosa en que lo volteó el azulejo, él había sido lo que son todos los cristianos: un ciego, un sordo, un abombado, un desmemoriado. (Traté de recordarle su percepción exacta del tiempo, su memoria de nombres propios; no me hizo caso.) Diecinueve años había vivido como quien sueña: miraba sin ver, oía sin oír, se olvidaba de todo, de casi todo. Al caer, perdió el conocimiento; cuando lo recobró, el presente era casi intolerable de tan rico y tan nítido, y también las memorias más antiguas y más triviales. Poco después averiguó que estaba tullido. El hecho apenas le interesó. Razonó (sintió) que la inmovilidad era un precio mínimo. Ahora su percepción y su memoria eran infalibles.<br />
Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del 30 de abril de 1882 y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que un remo levantó en el Río Negro la víspera de la acción del Quebracho. Esos recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etcétera. Podía reconstruir todos los sueños, todos los entre sueños.<br />
Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día entero. Me dijo: &#8220;Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo&#8221;. Y también: &#8220;Mis sueños son como la vigilia de ustedes&#8221;. Y también, hacia el alba: &#8220;Mi memoria, señor, es como vaciadero de basuras&#8221;. Una circunferencia en un pizarrón, un triángulo rectángulo, un rombo, son formas que podemos intuir plenamente; lo mismo le pasaba a Ireneo con las aborrascadas crines de un potro, con una punta de ganado en una cuchilla, con el fuego cambiante y con la innumerable ceniza, con las muchas caras de un muerto en un largo velorio. No sé cuántas estrellas veía en el cielo.<br />
Esas cosas me dijo; ni entonces ni después las he puesto en duda. En aquel tiempo no había cinematógrafos ni fonógrafos; es, sin embargo, inverosímil y hasta increíble que nadie hiciera un experimento con Funes. Lo cierto es que vivimos postergando todo lo postergable; tal vez todos sabemos profundamente que somos inmortales y que tarde o temprano, todo hombre hará todas las cosas y sabrá todo. La voz de Funes, desde la oscuridad, seguía hablando. Me dijo que hacia 1886 había discurrido un sistema original de numeración y que en muy pocos días había rebasado el veinticuatro mil. No lo había escrito, porque lo pensado una sola vez ya no podía borrársele.<br />
Su primer estímulo, creo, fue el desagrado de que los treinta y tres orientales requirieran dos signos y tres palabras, en lugar de una sola palabra y un solo signo. Aplicó luego ese disparatado principio a los otros números. En lugar de siete mil trece, decía (por ejemplo) Máximo Pérez; en lugar de siete mil catorce, El Ferrocarril; otros números eran Luis Melián Lafinur, Olimar, azufre, los bastos, la ballena, el gas, la caldera, Napoléon, Agustín de Vedía. En lugar de quinientos, decía nueve. Cada palabra tenía un signo particular, una especie de marca; las últimas eran muy complicadas&#8230; Yo traté de explicarle que esa rapsodia de voces inconexas era precisamente lo contrario de un sistema de numeración. Le dije que decir 365 era decir tres centenas, seis decenas, cinco unidades: análisis que no existe en los &#8220;números&#8221; El Negro Timoteo o manta de carne. Funes no me entendió o no quiso entenderme. Locke, en el siglo xvii, postuló (y reprobó) un idioma imposible en el que cada cosa individual, cada piedra, cada pájaro y cada rama tuviera un nombre propio; Funes proyectó alguna vez un idioma análogo, pero lo desechó por parecerle demasiado general, demasiado ambiguo. En efecto, Funes no sólo recordaba cada hoja de cada árbol de cada monte, sino cada una de las veces que la había percibido o imaginado. Resolvió reducir cada una de sus jornadas pretéritas a unos setenta mil recuerdos, que definiría luego por cifras. Lo disuadieron dos consideraciones: la conciencia de que la tarea era interminable, la conciencia de que era inútil. Pensó que en la hora de la muerte no habría acabado aún de clasificar todos los recuerdos de la niñez.<br />
Los dos proyectos que he indicado (un vocabulario infinito para la serie natural de los números, un inútil catálogo mental de todas las imágenes del recuerdo) son insensatos, pero revelan cierta balbuciente grandeza. Nos dejan vislumbrar o inferír el vertiginoso mundo de Funes. Éste, no lo olvidemos, era casi incapaz de ideas generales, platónicas. No sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente). Su propia cara en el espejo, sus propias manos, lo sorprendían cada vez. Refiere Swift que el emperador de Lilliput discernía el movimiento del minutero; Funes discernía continuamente los tranquilos avances de la corrupción, de las caries, de la fatiga. Notaba los progresos de la muerte, de la humedad. Era el solitario y lúcido espectador de un mundo multiforme, instantáneo y casi intolerablemente preciso. Babilonia, Londres y Nueva York han abrumado con feroz esplendor la imaginación de los hombres; nadie, en sus torres populosas o en sus avenidas urgentes, ha sentido el calor y la presión de una realidad tan infatigable como la que día y noche convergía sobre el infeliz Ireneo, en su pobre arrabal sudamericano. Le era muy difícil dormir. Dormir es distraerse del mundo; Funes, de espaldas en el catre, en la sombra, se figuraba cada grieta y cada moldura de las casas precisas que lo rodeaban. (Repito que el menos importante de sus recuerdos era más minucioso y más vivo que nuestra percepción de un goce físico o de un tormento físico.) Hacia el Este, en un trecho no amanzanado, había casas nuevas, desconocidas. Funes las imaginaba negras, compactas, hechas de tiniebla homogénea; en esa dirección volvía la cara para dormir. También solía imaginarse en el fondo del río, mecido y anulado por la corriente.<br />
Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos. La recelosa claridad de la madrugada entró por el patio de tierra.<br />
Entonces vi la cara de la voz que toda la noche había hablado. Ireneo tenía diecinueve años; había nacido en 1868; me pareció monumental como el bronce,<br />
más antiguo que Egipto, anterior a las profecías y a las pirámides. Pensé que cada una de mis palabras (que cada uno de mis gestos) perduraría en su<br />
implacable memoria; me entorpeció el temor de multiplicar ademanes inútiles.</p>
<p>Ireneo Funes murió en 1889, de una congestión pulmonar.</p>
<p>JL Borges. Editado en 1944.</p>
<p>Y cito también un maravilloso artículo de <a title="Funes, Borges, Nieztche y la memoria" href="http://www.geocities.com/filosofialiteratura/nietzsche.htm">Roxana Kreime</a>r,  filósofa argentina que reflexiona sobre la Historia, Nietzche y la memoria.</p>
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		<title>Steve Jobs, la vida y las historias tristes que tantas alegrías deparan</title>
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		<pubDate>Thu, 12 Jul 2007 13:32:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>llum</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Texto del discurso. Steve Jobs, Stanford. Curso 2005. El fundador de Appelles les cuenta a los alumnos  tres historias, les ofrece tres inyecciones de pasión por vivir,  tres antídotos contra las tentaciones cotidianas de abandonar el riesgo, la pasión y el amor por la vida. Me lo envió Ana Maria Giandinoto y lo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Texto del discurso. Steve Jobs, Stanford. Curso 2005. El fundador de Appelles les cuenta a los alumnos  tres historias, les ofrece tres inyecciones de pasión por vivir,  tres antídotos contra las tentaciones cotidianas de abandonar el riesgo, la pasión y el amor por la vida. Me lo envió Ana Maria Giandinoto y lo comparto tambien con quienes lleguen hasta mi blog.</p>
<p>El discurso está distribuido en dos bloques diferentes con subtítulos en castellano. Salud y que seamos capaces de vivir cada día de nuestra vida como su fuera el última. Igual de intensamente, igual de serenamente. <p><a href="http://www.llumquinonero.es/2007/07/12/steve-jobs-la-vida-y-las-historias-tristes-que-tantas-alegrias-deparan/"><em>Pinche aquí para ver el vídeo</em></a></p><br />
<p><a href="http://www.llumquinonero.es/2007/07/12/steve-jobs-la-vida-y-las-historias-tristes-que-tantas-alegrias-deparan/"><em>Pinche aquí para ver el vídeo</em></a></p><br />
Para los que se atrevan con el texto, aquí queda trascrito.<br />
<em>Gracias<br />
Tengo el honor de estar hoy aquí con vosotros en vuestro comienzo en una de las mejores universidades del mundo. La verdad sea dicha, yo nunca me gradué.<br />
A decir verdad, esto es lo más cerca que jamás he estado de una graduación universitaria.<br />
Hoy os quiero contar tres historias de mi vida. Nada especial. Sólo tres historias.</em></p>
<p><em>La primera historia versa sobre “conectar los puntos”.<br />
Dejé la Universidad de Reed tras los seis primeros meses, pero después seguí vagando por allí otros 18 meses, más o menos, antes de dejarlo del todo. Entonces, ¿por qué lo dejé?<br />
Comenzó antes de que yo naciera.<br />
Mi madre biológica era una estudiante joven y soltera, y decidió darme en adopción. Ella tenía muy claro que quienes me adoptaran tendrían que ser titulados universitarios, de modo que todo se preparó para que fuese adoptado al nacer por un abogado y su mujer.<br />
Solo que cuando yo nací decidieron en el último momento que lo que de verdad querían era una niña.<br />
Así que mis padres, que estaban en lista de espera, recibieron una llamada a medianoche preguntando:<br />
“Tenemos un niño no esperado; ¿lo queréis?”<br />
“Por supuesto”, dijeron ellos.<br />
Mi madre biológica se enteró de que mi madre no tenía titulación universitaria, y que mi padre ni siquiera había terminado el bachillerato, así que se negó a firmar los documentos de adopción. Sólo cedió, meses más tarde, cuando mis padres prometieron que algún día yo iría a la universidad.<br />
Y 17 años más tarde fui a la universidad. Pero de forma descuidada elegí una universidad que era casi tan cara como Stanford, y todos los ahorros de mis padres, de clase trabajadora, los estaba gastando en mi matrícula.<br />
Después de seis meses, no le veía propósito alguno. No tenía idea de qué quería hacer con mi vida, y menos aún de cómo la universidad me iba a ayudar a averiguarlo.<br />
Y me estaba gastando todos los ahorros que mis padres habían conseguido a lo largo de su vida. Así que decidí dejarlo, y confiar en que las cosas saldrían bien.<br />
En su momento me dio miedo, pero en retrospectiva fue una de las mejores decisiones que nunca haya tomado.</em></p>
<p><em>En el momento en que lo dejé, ya no fui más a las clases obligatorias que no me interesaban y comencé a meterme en las que parecían interesantes. No era idílico. No tenía dormitorio, así que dormía en el suelo de las habitaciones de mis amigos, devolvía botellas de Coca Cola por los 5 céntimos del envase para conseguir dinero para comer, y caminaba más de 10 Km los domingos por la noche para comer bien una vez por semana en el templo de los Hare Krishna.<br />
Me encantaba.<br />
Y muchas cosas con las que me fui topando al seguir mi curiosidad e intuición resultaron no tener precio más adelante.<br />
Os daré un ejemplo.<br />
En aquella época la Universidad de Reed ofrecía la que quizá fuese la mejor formación en caligrafía del país. En todas partes del campus, todos los póster, todas las etiquetas de todos los cajones, estaban bellamente caligrafiadas a mano.<br />
Como ya no estaba matriculado y no tenía clases obligatorias, decidí atender al curso de caligrafía para aprender cómo se hacía.<br />
Aprendí cosas sobre el serif y tipografías sans serif, sobre los espacios variables entre letras, sobre qué hace realmente grande a una gran tipografía.<br />
Era sutilmente bello, histórica y artísticamente, de una forma que la ciencia no puede capturar, y lo encontré fascinante. Nada de esto tenía ni la más mínima esperanza de aplicación práctica en mi vida. Pero diez años más tarde, cuando estábamos diseñando el primer ordenador Macintosh, todo eso volvió a mí.<br />
Y diseñamos el Mac con eso en su esencia. Fue el primer ordenador con tipografías bellas. Si nunca me hubiera dejado caer por aquél curso concreto en la universidad, el Mac jamás habría tenido múltiples tipografías, ni caracteres con espaciado proporcional. Y como Windows no hizo más que copiar el Mac, es probable que ningún ordenador personal los tuviera ahora. Si nunca hubiera decidido dejarlo, no habría entrado en esa clase de caligrafía y los ordenadores personales no tendrían la maravillosa tipografía que poseen.<br />
Por supuesto, era imposible conectar los puntos mirando hacia el futuro cuando estaba en clase, pero fue muy, muy claro al mirar atrás diez años más tarde.<br />
Lo diré otra vez: no puedes conectar los puntos hacia adelante, sólo puedes hacerlo hacia atrás. Así que tenéis que confiar en que los puntos se conectarán alguna vez en el futuro. Tienes que confiar en algo, tu instinto, el destino, la vida, el karma, lo que sea.<br />
Esta forma de actuar nunca me ha dejado tirado, y ha marcado la diferencia en mi vida.</em></p>
<p><em>Mi segunda historia es sobre el amor y la pérdida.<br />
Tuve suerte — supe pronto en mi vida qué era lo que más deseaba hacer. Woz y yo creamos Apple en la cochera de mis padres cuando tenía 20 años. Trabajamos mucho, y en diez años Apple creció de ser sólo nosotros dos a ser una compañía valorada en 2 mil millones de dólares y 4.000 empleados.<br />
Hacía justo un año que habíamos lanzado nuestra mejor creación — el Macintosh — un año antes, y hacía poco que había cumplido los 30.<br />
Y me despidieron.<br />
¿Cómo te pueden echar de la empresa que tú has creado?<br />
Bueno, mientras Apple crecía contratamos a alguien que yo creía muy capacitado para llevar la compañía junto a mí, y durante el primer año, más o menos, las cosas fueron bien. Pero luego nuestra perspectiva del futuro comenzó a ser distinta y finalmente nos apartamos completamente. Cuando eso pasó, nuestra Junta Directiva se puso de su parte.<br />
Así que a los 30 estaba fuera. Y de forma muy notoria.<br />
Lo que había sido el centro de toda mi vida adulta se había ido y fue devastador.<br />
Realmente no supe qué hacer durante algunos meses. Sentía que había dado de lado a la anterior generación de emprendedores, que había soltado el testigo en el momento en que me lo pasaban. Me reuní con David Packard [de HP] y Bob Noyce [Intel], e intenté disculparme por haberlo fastidiado tanto. Fue un fracaso muy notorio, e incluso pensé en huir del valle [Silicon Valley].<br />
Pero algo comenzó a abrirse paso en mí — aún amaba lo que hacía. El resultado de los acontecimientos en Apple no había cambiado eso ni un ápice. Había sido rechazado, pero aún estaba enamorado. Así que decidí comenzar de nuevo.<br />
No lo vi así entonces, pero resultó ser que el que me echaran de Apple fue lo mejor que jamás me pudo haber pasado.<br />
Había cambiado el peso del éxito por la ligereza de ser de nuevo un principiante, menos seguro de las cosas. Me liberó para entrar en uno de los periodos más creativos de mi vida. Durante los siguientes cinco años, creé una empresa llamada NeXT, otra llamada Pixar, y me enamoré de una mujer asombrosa que se convertiría después en mi esposa.<br />
Pixar llegó a crear el primer largometraje animado por ordenador, Toy Story, y es ahora el estudio de animación más exitoso del mundo. En un notable giro de los acontecimientos, Apple compró NeXT, yo regresé a Apple y la tecnología que desarrollamos en NeXT es el corazón del actual renacimiento de Apple. Y Laurene y yo tenemos una maravillosa familia.<br />
Estoy bastante seguro de que nada de esto habría ocurrido si no me hubieran echado de Apple. Creo que fue una medicina horrible, pero supongo que el paciente la necesitaba. A veces, la vida te da en la cabeza con un ladrillo. No perdáis la fe. Estoy convencido de que la única cosa que me mantuvo en marcha fue mi amor por lo que hacía. Tenéis que encontrar qué es lo que amáis. Y esto vale tanto para vuestro trabajo como para vuestros amantes.<br />
El trabajo va a llenar gran parte de vuestra vida, y la única forma de estar realmente satisfecho es hacer lo que consideréis un trabajo genial. Y la única forma de tener un trabajo genial es amar lo que hagáis. Si aún no lo habéis encontrado, seguid buscando.<br />
No os conforméis.<br />
Como en todo lo que tiene que ver con el corazón, lo sabréis cuando lo hayáis encontrado. Y como en todas las relaciones geniales, las cosas mejoran y mejoran según pasan los años. Así que seguid buscando hasta que lo encontréis.<br />
No os conforméis.</em></p>
<p><em>Mi tercera historia es sobre la muerte.<br />
Cuando tenía 17 años, leí una cita que decía algo como: “Si vives cada día como si fuera el último, algún día tendrás razón”. Me marcó, y desde entonces, durante los últimos 33 años, cada mañana me he mirado en el espejo y me he preguntado: “Si hoy fuese el último día de mi vida, ¿querría hacer lo que voy a hacer hoy?” Y si la respuesta era “No” durante demasiados días seguidos, sabía que necesitaba cambiar algo.<br />
Recordar que voy a morir pronto es la herramienta más importante que haya encontrado para ayudarme a tomar las grandes decisiones de mi vida.<br />
Porque prácticamente todo, las expectativas de los demás, el orgullo, el miedo al ridículo o al fracaso se desvanece frente a la muerte, dejando sólo lo que es verdaderamente importante.<br />
Recordar que vas a morir es la mejor forma que conozco de evitar la trampa de pensar que tienes algo que perder. Ya estás desnudo. No hay razón para no seguir tu corazón.<br />
Hace casi un año me diagnosticaron cáncer.<br />
Me hicieron un chequeo a las 7:30 de la mañana, y mostraba claramente un tumor en el páncreas. Ni siquiera sabía qué era el páncreas. Los médicos me dijeron que era prácticamente seguro un tipo de cáncer incurable y que mi esperanza de vida sería de tres a seis meses. Mi médico me aconsejó que me fuese a casa y dejara zanjados mis asuntos, forma médica de decir: prepárate a morir.<br />
Significa intentar decirle a tus hijos en unos pocos meses lo que ibas a decirles en diez años. Significa asegurarte de que todo queda atado y bien atado, para que sea tan fácil como sea posible para tu familia. Significa decir adiós.<br />
Viví todo un día con ese diagnóstico.<br />
Luego, a última hora de la tarde, me hicieron una biopsia, metiéndome un endoscopio por la garganta, a través del estómago y el duodeno, pincharon el páncreas con una aguja para obtener algunas células del tumor. Yo estaba sedado, pero mi esposa, que estaba allí, me dijo que cuando vio las células al microscopio el médico comenzó a llorar porque resultó ser una forma muy rara de cáncer pancreático que se puede curar con cirugía.<br />
Me operaron, y ahora estoy bien. Esto es lo más cerca que he estado de la muerte, y espero que sea lo más cerca que esté de ella durante algunas décadas más. Habiendo vivido esto, ahora os puedo decir esto con más certeza que cuando la muerte era un concepto útil, pero puramente intelectual:<br />
Nadie quiere morir.<br />
Ni siquiera la gente que quiere ir al cielo quiere morir para llegar allí. Y sin embargo la muerte es el destino que todos compartimos. Nadie ha escapado de ella. Y así tiene que ser, porque la Muerte es posiblemente el mejor invento de la Vida. Es el agente de cambio de la Vida. Retira lo viejo para hacer sitio a lo nuevo.<br />
Ahora mismo lo nuevo sois vosotros, pero dentro de no demasiado tiempo, de forma gradual, os iréis convirtiendo en lo viejo, y seréis apartados. Siento ser tan dramático, pero es bastante cierto. Vuestro tiempo es limitado, así que no lo gastéis viviendo la vida de otro.<br />
No os dejéis atrapar por el dogma que es vivir según los resultados del pensamiento de otros.<br />
No dejéis que el ruido de las opiniones de los demás ahogue vuestra propia voz interior.<br />
Y lo más importante, tened el coraje de seguir a vuestro corazón y vuestra intuición.<br />
De algún modo ellos ya saben lo que tú realmente quieres ser.<br />
Todo lo demás es secundario.<br />
Cuando era joven, había una publicación asombrosa llamada The Whole Earth Catalog [Catálogo de toda la Tierra], una de las biblias de mi generación. La creó un tipo llamado Stewart Brand no lejos de aquí, en Menlo Park y la trajo a la vida con su toque poético. Eran los últimos años 60, antes de los ordenadores personales y la autoedición, así que se hacía con máquinas de escribir, tijeras, y cámaras Polaroid. Era como Google con tapas de cartulina, 35 años de que llegara Google, era idealista, y rebosaba de herramientas claras y grandes conceptos. Stewart y su equipo sacaron varios números del The Whole Earth Catalog, y cuando llegó su momento, sacaron un último número.<br />
Fue a mediados de los 70, y yo tenía vuestra edad.<br />
En la contraportada de su último número había una fotografía de una carretera por el campo a primera hora de la mañana, la clase de carretera en la que podrías encontrarte haciendo autoestop si sois aventureros. Bajo ella estaban las palabras:<br />
“Sigue hambriento. Sigue alocado”.<br />
Era su último mensaje de despedida. Sigue hambriento. Sigue alocado.<br />
Y siempre he deseado eso para mí. Y ahora, cuando os graduáis para comenzar de nuevo, os deseo eso a vosotros.<br />
Seguid hambrientos. Seguid alocados.<br />
Muchísimas gracias a todos. </em></p>
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		<title>Terratremol en la ciudad de las maravillas</title>
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		<pubDate>Wed, 30 May 2007 08:47:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>llum</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cronica]]></category>
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		<description><![CDATA[Terratremol es un famoso detective alicantino nacido del escritor Mariano Sánchez Soler. Por iniciativa de Mariano, durante los últimos tres años, un grupo de escritores fuimos convocados a ser cronistas de las actividades de este singular personaje. En la última edición, que acaba de ser publicada, tuve la suerte de participar y pude contar sus [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a title="Todo el libro en PDF" href="http://www.editorial-club-universitario.es/pdf/2355.pdf">Terratremol</a> es un famoso detective alicantino nacido del escritor Mariano Sánchez Soler. Por iniciativa de Mariano, durante los últimos tres años, un grupo de escritores fuimos convocados a ser cronistas de las actividades de este singular personaje. En la última edición, que acaba de ser publicada, tuve la suerte de participar y pude contar sus afanes. Lo que viene a continuación es el último capítulo del libro &#8211;Terratremol y en la ciudad de las maravillas&#8211; titulado Al Tasan Zaf y el Código Secreto. <a title="Santa Faz" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Santa_Faz">Para resolver informacion críptica</a>.</p>
<p><strong><a title="Mas datos para resolver el misterio" href="http://www.laluzdelasimagenes.com/SantaFaz/Castellano/">AL TASAN ZAF</a> Y EL CÓDIGO SECRETO</strong></p>
<p>Se sentía igual que una alfombra vieja con la llegada del verano. Notaba que la cabeza le daba vueltas sobre los hombros, que los ojos le parpadeaban arbitrariamente, que el bigote se le movía sin su consentimiento.</p>
<p>—¡¡Ps, ps!! —alguien le chistaba mientras subía por la calle Labradores.</p>
<p>Terratrèmol, sin enterarse, trataba de apaciguar una respiración que se le iba acelerando como si estuviera acumulando aire para emprender vuelo. En su cabeza se agitaban los últimos acontecimientos.</p>
<p>—¿Y yo a quién le cuento ahora lo sucedido? ¿Quién se va a tragar lo del espejo? ¿Y de dónde tiene sentido que la palabra, la palabra del alcalde haya bastado para que las dichosas puertas se abrieran? —Sus pensamientos se adentraron por la metafísica.</p>
<p>A cada zancada, se enunciaba una pregunta trascendental del tipo ¿y a mí quien me manda meterme en esto?</p>
<p>Solo le daba tregua, el recuerdo del apetito que hacía palmas en sus tripas y le mandaba a su parte pensante la idea de un buen bocata de bacalao con aceite y tomate, y una olivitas negras.</p>
<p>Apretó el paso.</p>
<p>—Pss, pss —de nuevo.</p>
<p>Iba al retortero a la búsqueda ¿de qué? Echó mano del bolsillo y advirtió que no tenía ni un miserable euro para comprar un puñadito de ñoras roñosas para pasarlas por la sartén con un huevo frito; siguió buscando en su pantalón vaquero. Suspiró a la vez que se acordó de la propuesta del Gran Promotor. El le daría trabajo para siempre. Miró hacia arriba y sin ver, supo que allí estaba el Benacantil.</p>
<p>¡Estaba fatigado, reventado!</p>
<p>¿Por qué no ceder de una vez por todas? ¡A lo mejor no era tan mala idea construir en la ladera, cara al mar!</p>
<p>Notó que se sonrojaba pero no se amilanó. ¿Acaso no habían hecho exactamente eso los antiguos pobladores de la ciudad? Se habían ido a vivir al Benacantil. Pues claro que sí. Una idea excelente. Lo que necesitaba era un poco de arrojo para decirle sí al Gran Promotor y dejarse de mandangas.</p>
<p>Mientras Terratrèmol comprobaba que en el bolsillo sólo llevaba un calendario de 1979 con una maciza en pelotas, imaginó el perfume de un plato de Olleta.</p>
<p>Alguien trató de nuevo de alcanzarle —ps, ps— sin conseguirlo.</p>
<p>Siguió hurgando y encontró algo parecido a una medalla que sacó de entre los pliegues de la tela; la miró fijamente aunque no acertó a identificar. &#8211;Ps, ps&#8211;otra vez.</p>
<p>Un churrete de sudor le resbaló por las mejillas y sacó levemente la lengua; al atraparlo una pizca de sal húmeda y grasienta se le deshizo en el paladar.</p>
<p>—¡Ché, que agobio! —dijo en voz alta y sin frenar el paso.</p>
<p>Tenía las piernas flojas.</p>
<p>La desazón le invadió. Entonces, sin dejar de mirar la medalla susurró lo que tantas y tantas veces había oído pronunciar a su abuela y a su propia madre:</p>
<p>—¡Faz divina, Misericordia! —una frase que acompañaba la exhalación del suspiro, como si fuera inseparable.</p>
<p>Su respiración convertida en un rumor áspero y arrastrado no le dejaba escuchar otros sonidos que abrumaban a los transeúntes. Incluidos el pss, psss, que alguien de aspecto, en cierto modo, indescriptible pero estrambótico, como atemporal, emitía al verlo ahora cruzar la plaza de Sant Cristòfol a todo meter.</p>
<p>Terratrèmol, que tropezó con la fuente, mientras por segundos imaginó la posibilidad de ganar dinero para vivir tranquilo el resto de sus días, se sobresaltó cuando el Pssst… se convirtió en un rotundo:</p>
<p>—¡Rediez, Terratrèmol ¿Quieres hacer el favor de pararte?</p>
<p>Ahora le perseguía un maníaco o ¿era maníaca?</p>
<p>—¿Pararme? —Había dicho la palabra prohibida—. Perdón, quiere hacer el favor de dejarme pasar que tengo muchas cosas que resolver, masculló al ver una sombra que se le abalanzaba.</p>
<p>Terratrèmol se detuvo jadeante y trató de mirar a quien se le había puesto por delante. Como no dejaba de parpadear, no veía con claridad.</p>
<p>—¿Nos conocemos?</p>
<p>—En cierto modo, dijo y veló el rostro tras una melena negra y lisa, como recién salida de la peluquería.</p>
<p>Estaba delante de alguien…, de algo… ¿de qué le sonaba aquella cara tan inquietante, tan familiar, tan alargada,…? Y aquella voz, que le ponía los pelos de punta.</p>
<p>—Llevo tiempo tratando de localizarte. Vengo a socorrerte y a que me auxilies —dijo mientras se recogía una lágrima que tenía detenida en mitad de la mejilla.</p>
<p>Terratrèmol le miraba y lo que entreveía solo aumentaba el desasosiego que le invadía.</p>
<p>—Sinceramente, no acabo de recordar de qué nos conocemos —dijo, atravesado de una combinación de desconfianza, terror y placidez. Y de un cierto olor antiguo, que le recordaba su infancia, entre dulce y rancio.</p>
<p>—Solo quiero charlar en un lugar seguro.</p>
<p>—¿Y usted quien es, si puede saberse?</p>
<p>&#8211;Me vas a permitir que te lo diga a resguardo —y lo empujó sin tocarlo hacia una esquina, camino de la ermita.</p>
<p>—Puedes llamarme Zaf, Zaf, Al Tasan Zaf; te necesito —Esas fueron las palabras al adentrarse en una de las cuevas medio derruidas del Benacantil.</p>
<p>—Perdone usted, pero no estoy disponible —dijo mientras sentía como si los pies no le llegaran al suelo. Una flojera solo semejante a la pájara de un canuto cargado de más y fumado a deshora le estaba invadiendo. Sus remos se vinieron abajo. Mientras caía, como sobre una nube de algodón rosa, la voz de debajo de aquella melena repetía</p>
<p>—Soy Al Tasan zaf, Al Tasan Zaf… Tranquilo, tranquilo…</p>
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