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Cuerpos

Dedicado a Esperanza Granados

Quería cambiar su vida y en eso estaba

empezar de nuevo

pero no había principio

ella aún no lo sabía.

Sentía nada entre sus pies y el suelo, una nada esponjosa que la avivaba y la cubría de un baño de brisa desde la planta de sus pies a la cabeza.

Soñaba con aquella mujer que era ella misma.

Me lo dijo nada más verme.

Juana vivía en su pequeña casa en lo más alto de un edificio sin ascensor, frente al cielo, en la calle del Agua; el palomar, lo llamaba ella.  Me habló de las aves. Todo en el cuerpo de los pájaros está preparado para levantar el vuelo, su vista certera, su oído acrisolado, su temperatura vehemente, incluso cada uno de sus delicados huesos están diseñados a imagen y semejanza del aire.

Juana parecía una de aquellas gaviotas que cruzaban el añil del horizonte de su terraza; aves de alas vaporosas, blanquísimas que planeaban con el viento.

“He pasado una noche grande, así tengo el cuerpo, leve, amado. Era el ser más hermoso que puedas imaginar, se parecía a ti”.

Iba vestida con una bata tan vieja que el algodón se trasparentaba y caía sobres sus piernas con el peso de la seda.  Su sonrisa lo inundó todo.

En cada célula de mi piel, en cada pelo, en las yemas de los dedos, en las axilas, en el cuello, por debajo de los ojos, advertí mi cuerpo como si hasta aquel preciso no hubiera tomado conciencia de estar viva. Como si me hubieran abierto un resorte en la memoria y una compuerta en la piel, la abracé.

Tenía la edad de la sabiduría y una tez que despedía la misma luz de sus ojos verdes.

Me invitó asentarme en un balancín que ocupaba justo el espacio por el que entraba desde la ventana una corriente de aire atrevido que le levantaba ligeramente la falda y le recorría el cuerpo tibio.

Los pies, los míos, no pisaban el suelo del terrazo de aquel pequeño apartamento satinado y limpio como una patena. Toda ella olía a arena salada.  Me senté a su lado, descubrí  ante ella, el sol sobre mi vientre.

–Te necesito–, dije.

–¡Me alegro tanto de que puedas volar!–, contestó.

— Yo no estoy segura de eso—me pareció susurré.

Y ella, sin mirarme me tranquilizo: Tu cuerpo sabe cómo hacerlo.

El mismo aire que se metía entre sus piernas y recorría su cuerpo por debajo de su bata se hizo con el mío y noté que me bañaba los tobillos, que me subía por las pantorrillas y se detenía al distribuirse entre los muslos y el final de mi espalda para seguir camino hasta mi nuca.

He venido a que me ayudes”, dije cuando pude pensar en las palabras.

La necesitaba de verdad; estaba a punto de parir los tres quilos y medio de hembra que había crecido en mi útero. Aquellos pájaros de sangre ardiente danzaron para nosotras un baile leve delante mismo de la puerta abierta donde estábamos sentadas.

¿Dónde guardaban la energía que les permitía frenar el tiempo en la caída?

Tomé aire y me sirvió un vaso de zumo de limón helado.

El paladar me estalló en la lengua. Lo bebí como si acabara de atravesar el Sahara sin agua. Mi cuerpo sabía lo que yo todavía no imaginaba. Miré de nuevo los cormoranes blanquísimos que dibujaban una curva sin fin y me sentí parte de sus alas:

–Si cierras los ojos podrás volar, estoy segura.

Eso fue lo que hice.

Un velo caliente bajó sin mi consentimiento desde mi vagina hasta los pies: mis bragas  se encharcaron de sangre que salía de mi en un torrente, como si el corazón se me hubiera partido y con él todas las venas se vaciaran sin freno.

Tengo más sed, le dije asustada. Sentía mi boca viva.

Se acercó sin dejar de sonreír,  me abrazó y me dio de nuevo de beber.

–Estoy sola.

— Así es. Este momento es sólo para ti.

Sentía mis muslos húmedos envolviendo mi vagina.

Las piernas me temblaban y no era capaz de sostenerme pero Juana me invitó a moverme. Ella sabía cómo hacerlo; me quitó la ropa, sin dejar de mirarme a los ojos, inundándome de la fuerza que me faltaba; allí mismo, con el sol estallando por todos los rincones,  me agarró de las dos manos y me acompañó en un balanceo que me recordó que yo era más que mi útero, más que mi miedo, más que mi dolor, que en mis caderas cabía el universo, me dijo. Todo parecía preparado para ese preciso momento.

Eres la mujer más hermosa que jamás he visto, me dijo. La vida toda está en tu mano.

Sus palabras acompañaron el atronador movimiento de mi pelvis, el cataclismo de mi vagina que ardía, como si trata de salirse de mi cuerpo. El dolor me cubrió de miedo; apreté la garganta, las manos, los muslos, la mirada. No consentiría que nada me atravesara, ni siquiera aquella bestia que había crecido de mi y que trataba de abrirse paso entre mi propia carne, tensión contra tensión, miedo contra miedo. Me vi en una pesadilla  de una caída libre;  un saco  de desperdicios, un dolor animal que me resquebrajaba.

Por algún sentido que no eran mis oídos, la escuchaba; el saco desapareció de mi cabeza.

Primero fue el dolor, luego, la rabia, después un vacío repleto de ternura. Comencé a llorar desconsolada, era mi madre la que se estaba negando a parir. Era ella la que no me alumbraba, la que no me traería a la vida.

Grité y cuando el coraje se agotó entre mis mandíbulas apretadas y mi vientre, llegó la tristeza. Una catarata traslúcida de lágrimas. Me vi convertida en otras mujeres en cada una de ellas abandonadas a su suerte, solas, malqueridas, abiertas de piernas, atadas.

No lograba llevar aire a mis pulmones, el escaso oxígeno que tragaba se dispersaba por las curvas de mi vientre. Entonces Juana me abrazó por la espalda y me mantuvo. ¿Quién era yo?

Salí de aquellas lágrimas y pude verla, sentir la fuerza de su voz brava, existir en el alimento de su sangre, ser en la energía de su placenta. Estaba naciendo, me estaba alumbrado, lo supe cuando una chispa de luz se abrió paso por cada uno de los rincones de mi médula espinal, desde el hipotálamo a mi vulva.

Un rayo ardiente atravesó mi cuerpo cubierto de un sudor frío y gemí con nombres de otras mujeres. Sentí el perfume de la sangre y el sudor de arena fresca que despedían los brazos de Juana. Grité el nombre de mi madre y como si no se tratara de mi misma, bramé mi propio nombre para que fuera en mi ayuda.

Me colgué de su cuello y la escuche que cantaba, la sentí con mis labios  abiertos, con todas mis bocas,  borracha de todas las hormonas del cuerpo humano. Su sudor se mezcló con el mío pero no me di cuenta; su piel era la misma que temblaba a mi paso. Solo sentía la fuerza que me aplastaba las entrañas, que arrancaba de mí una voz oscura que no me pertenecía hasta entonces.

Me dio de nuevo de beber y supe que no era solo dolor lo que percibía. Vi a mi madre tratando de meter su mano en su vagina, buscando mi cabeza. Sentí su mano, embadurnada de una sustancia gomosa y caliente que no alcanzaba a tocar la luz que trataba de alumbrar.

Entonces el dolor se convirtió en un círculo vivo y se precipitó sobre el vacío y como en una tempestad, mi cuerpo se quedó a merced de las olas, contra la playa. Me ensordeció el grito del agua contra las piedras y cuando pesé que había llegado el final, que mi cuerpo reventaría, en ese instante, el agua cambio de temperatura, una galaxia de energía  golpeó mi vientre convulso;  la voz desgarrada, el abandono total. Un baño de alegría antigua me atravesó y vi mi cuerpo como si fuera la gaviota sobre el azul y el mar como una misma cosa, aire, humedad, calor y agua.

Estaba sola, había llegado al mundo. Aunque tenía miedo no me importaba. Era la mujer más poderosa del Universo; lo supe cuando Juana puso contra mi pecho a mi propia hija, que era yo misma.

No había principio. Era heredera de todos mis sentidos, de todos mis abismos. Noté su piel contra la mía; mi madre, mi hija unidas en el mismo cuerpo, la misma fuerza irrefrenable.

Las acróbatas aladas se habían multiplicado y aleteaban sobre el muro de la terraza.  Con una bocanada de aire tibio, con un susurro, todas se lanzaron al vuelo.

No sabía cuánto tiempo habría dormido. Estaba segura de volver de una ensoñación, pero mi vientre, mi ardiente vulva y el corazón del aquel bebé me recordaron que era responsable ante la vida.

¿Me contarás una historia, Juana?—le pedí.

Es la historia de tu vida, pequeña.

Por eso quiero oírla, dije antes de dormirme, arrullada por el aletear de las gaviotas. Pegada a su vientre, confundida con el sabor de su humedad.

Se miró en el espejo que Juana le acercó. Su sonrisa lo inundó todo; sus ojos despedían la misma luz que su boca, la misma que todos los rincones de su piel.  Iba vestida con una bata tan vieja que el algodón se trasparentaba y caía sobres sus piernas con el peso de la seda.

Alacant, 5 de mayo de 2013

 

Un comentario a “Cuerpos”

  1. Miguel Elias dice:

    Un texto BELLO para sentir, para volar, para soñar. TE QUIERO MADRINA, Eres mi AMOR.

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